Macorina

Estimado lector que rozas la suave y policromada pluma del Tocororo:

La Macorina era el apodo de María Calvo Nodarse aunque también se dice que su nombre verdadero fue María Constancia Caraza Valdés. Nació en Guanajay hacia 1892 y falleció en La Habana el 15 junio 1977.

Fue la primera mujer conductora de La Habana, y que tuvo licencia para conducir a principios del siglo XX manejando un Ford en 1917, por Prado y Malecón. Era un llamativo convertible rojo, (algunos dijeron que era marca Hispo-Suiza y no Ford).

Se dice que era mestiza de china y negro o al revés, aunque la foto de su licencia de conducir muestre una mujer blanca, pues en el crisol antillano de razas todo es posible. Alta, estatuaria, con unos inmensos ojos muy expresivos. Llevaba el cabello cortado al por entonces escandaloso estilo “garçon”, al cuello una larga bufanda que ondeaba al viento, y en la boca un largo cigarro que fumaba en pose muy sensual. Macorina, chofer en su automóvil, debió dejar una huella indeleble en la memoria del pintor Cundo Bermúdez, quien la retrató muchos años después a bordo de aquella máquina, en un gouache de estilo muy personal.

Fue deseada por los hombres y por consecuencia, odiada y envidiada por las mujeres que la veían pasar guiando su descapotable rojo. Era una prostituta y lo más conflictivo de todo era su segundo apellido Nodarse, que si lo separamos en dos segmentos significaría, no darse, todo lo contrario a lo que hace una mujer que se prostituye.

De su infancia no se conocen muchos datos, solo se sabe con exactitud que a los 15 años huyo de su casa y se traslado a La Habana en compañía de su novio y único amor… llegó a La Habana con quince años, aparentemente raptada por su novio de entonces, quien al parecer no era tan fiero como pudiera pensarse, y hasta se puede uno preguntar si no habrá sido ella quien le raptó a él, pues a los pocos meses de un modesto idilio a nivel de cuartería centrohabanera, lo abandonó y comenzó una intensa actividad para hacerse notar en los ambientes frecuentados por hombres con dinero. Años después ella dio a la prensa su propia versión del suceso:

La primavera en el campo embriaga. Yo tenía 15 años y la sentía en la piel, en los ojos, en el alma. La primavera me empujó a escapar de casa con un hombre que prometió amarme por siempre. Mis padres intentaron que regresara, pero seguí en La Habana con mi primer y único amor, aquel que recordaré hasta mi muerte. Él apenas podía garantizar nuestra seguridad económica. Un día apareció una mujer que dijo saber la forma en que podíamos vivir lujosamente. Yo accedí y con ese tremendo error comenzó una etapa de mi vida…”

Otras versiones cuentan que su carrera ascendente comenzó cuando un político acaudalado la atropelló con su auto, provocándole una lesión de cadera que la haría cojear levemente hasta su muerte. Supuestamente, su atropellador le habría obsequiado en desagravio el primer automóvil que ella poseyó. Pero esta historia de amores y fortunas que comienzan con un accidente, ya sea de coche o bicicleta, automóvil o tractor, es demasiado común, y se la achacan a cualquier romance que trascienda el anonimato.

La audacia y belleza que poseía esta mujer la hicieron adentrarse en los círculos más selectos de la sociedad cubana de la época. Según se cuenta su personalidad atractiva y sus hermosos ojos la ayudaron  a ser una de las prostitutas más elegantes y famosas de la época. Y así comenzó su carrera rápida hacia la opulencia, según declaró en una entrevista que le hizo Guillermo Villarronda para la revista Bohemia el 26 de octubre de 1958: ”más de una docena de hombres permanecían rendidos a mis pies, repletos de dinero, suplicantes de amor’. Fue la amiga de ricos habaneros dedicados a la política y los negocios, entre ellos José Miguel Gómez  conocido popularmente como “Tiburón”.

Fue dueña de valiosos caballos de carreras, atesoró pieles costosísimas y una considerable cantidad de joyas, según testigos, de incalculable valor. Nunca abandonó su pasión por el automovilismo y llegó a tener nueve vehículos, casi todos de marcas europeas, sus preferidas. Hay quienes aseguran que su tren mensual de vida alcanzaba la nada despreciable cifra de dos mil pesos, y eso, en los años veinte, era una auténtica y respetable fortuna.

 Respecto del origen de su apodo “La Macorina” se cuenta que en una ocasión, mientras María andaba por la calle, un joven que había bebido más de la cuenta dijo al pasar la bella mujer: ¡Ahí va la Macorina!, cuando en realidad quería decir La Fornarina (llamada realmente Consuelo Bello), una famosa cupletista española, contemporánea de la también española Raquel Meller y de la cubana “La Chelito” (“La Coquito”). Quiso compararla a la Fornarina pero su embriaguez le hizo decir “Macorina”. Otras teorías imposibles de comprobar hablan de un dudoso juego de palabras que apuntarían a su posible homosexualidad latente : Macorina, Maricona

Después de haber acumulado riqueza y ser parte de los más selectivos círculos sociales de La Habana, la situación económica nacional ya no era tan próspera, pero quizás el hecho indiscutible era que la Macorina tenía entonces 42 años. Los amigos del pasado iban amparándose en excusas cada vez que ella les pedía ayuda, y así fue vendiendo todas sus pertenencias, desde las joyas hasta las casas y los coches: la Macorina acabó en la más absoluta pobreza, viviendo en un cuarto alquilado en una casa familiar habanera. La Macorina comenzó a perder juventud y popularidad inexorablemente, tuvo que vender sus nueve autos, sus cuatro mansiones, sus vestidos, joyas, pieles, todo y murió casi en la miseria. Calificada por algunos como la Mata Hari cubana, se sabe que en sus años de vejez se arrepintió. Falleció en La Habana el 15 de junio de 1977. En la modesta funeraria de la calle Zanja se da el último adiós a una de las más renombradas prostitutas en la historia de Cuba. Muy cerca del recinto funerario todavía vive Armando Valdés, un anciano que la conoció y quien no se esfuerza mucho para ocultar que la admiró galantemente:

—Era la hembra más celebrada de toda la ciudad —cuenta Valdés. La recuerdo entrada en carnes, ojos claros y de un trato exquisito. Se decía que sus padres la habían abandonado y que ella se había entregado al negocio del amor. Cojeaba ligeramente debido a un accidente, pero era una de las mujeres más hermosas que jamás haya visto.

Poco después de 1930, La Macorina comenzó a perder popularidad. Se decía que sus protectores le habían vuelto la espalda, que estaba enferma, que se había retirado, qué se yo. Ya andaba por los 40, pero todavía tenía buenas carnes, que yo lo recuerdo bien.

Casimira Lamas, una de sus vecinas de la barriada, fue quien atendió a La Macorina en su cama de moribunda.

—Su verdadero nombre era María Calvo. María me pidió que el día de su muerte le pusiera el vestido amarillo y que no le dijera a nadie que era La Macorina. Una tarde me pidió café. Cuando regresé, ya había muerto. Un médico vecino certificó su defunción por ataque al corazón. Yo nunca he dejado de llevarle flores.

Pero…¿qué dijo La Macorina, en 1958, al único periodista que logró entrevistarla en su cuarto de la calle Apodaca?

—Macorina, ¿cómo fueron tu niñez y adolescencia?

—Nací en l892 en el seno de una familia bien, como se decía entonces… Vivíamos en un pueblo en las afueras de La Habana. La primavera en el campo embriaga. Yo tenía 15 años y la sentía en la piel, en los ojos, en el alma. La primavera me empujó a escapar de casa con un hombre que prometió amarme por siempre. Mis padres intentaron que regresara, pero seguí en La Habana con mi primer y único amor, aquél que recordaré hasta mi muerte. El apenas podía garantizar nuestra seguridad económica. Un día apareció una mujer que dijo saber la forma en que podíamos vivir lujosamente. Yo accedí y con ese tremendo error comenzó una etapa de mi vida que dio origen al mote, al danzón y al son que tanto odio.

—Por cierto, Macorina, ese sobrenombre…

—Fue así de sencillo: en La Habana de entonces había una popular cupletista a quien llamaban La Fornarina. Una noche me paseaba por una de las calles más populares de la ciudad, cuando un borrachín, confundiéndome con ella y pensando que su nombre era Macorina, comenzó a llamarme a grandes voces. La gente celebró el suceso con risotadas y a partir de ese momento me endilgó ese nombre. Hace 25 años reniego de él.

—Tienes una manera muy elegante de hablar, María…
—Recuerda que alterné con lo más selecto de la sociedad habanera…

—¿Cómo te afectó la crisis de los años 30?

— Mi estrella comenzó a declinar. Vendí mis nueve autos, mis cuatro mansiones, mis vestidos, joyas, pieles… Los que antes me adulaban, ahora volvían la cara.

—¿Te reprochabas algo de manera especial?

—Durante toda mi vida tuve una ilusión: llenar un avión con muñecas y repartirlas entre todas las niñas de Cuba. A veces, en medio de una fiesta y rodeada de admiradores, mi pensamiento volaba hacia aquel avión cargado de muñecas.

—¿Eres feliz?

—Siempre he sido feliz y desgraciada al mismo tiempo, como ahora. Hoy no tengo ilusiones, pero sí paz. Vivo acompañada en soledad.

—¿Qué significa eso?

—Yo sé por qué te lo digo.

Fernando Hernández Benítez era jefe de sección del cementerio de Colón en la época en que falleció nuestro personaje.

—Este es el panteón donde fue enterrada quien se hacía llamar María Calvo, pero cuyo verdadero nombre era María Constancia Caraza Valdés, según consta en los libros del cementerio. Cuando el 16 de junio de 1977 fue enterrada, no hubo danzón, ni son, ni se dijo que se trataba de La Macorina.

Posteriormente, el 4 de agosto de 1986, su cadáver fue exhumado y los restos trasladados a un osario.
Sin embargo, La Macorina no se ha ido del todo. Su fantasma curvilíneo anda y desanda la ciudad, y a veces, negligentemente tendida sobre una desgastada piel de armiño, dormita sobre el malecón habanero. Pocos notan en su presencia y sospecho que uno de ellos sea esta niña que, halándome de la manga, me dice sin ton ni son:

—Yo me llamo María. Cuando crezca, voy a ser aeromoza, como mi mamá. Entonces voy a llenar un avión con muñecas para regalárselas a todas las niñas de Cuba. Y si alguna no alcanza, yo le doy la mía.

Fue tan popular la Macorina que no sólo tiene en su honor dos composiciones musicales y una pintura de Cundo Bermúdez, sino que fue inmortalizada en las famosas charangas de Bejucal, que se celebran en el mes de diciembre. La cantante mejicana Chavela Vargas tomo su historia y la transformo en una de las canciones más conocidas de su carrera : “La Macorina”.

Es un son. Su compositor es desconocido, aunque algunos han sugerido que Tomas Corman fuera su autor, mas no hay documentacion suficiente al respecto. Sobre ella se hizo también una obra de teatro lirica, llamada “Requiem for Yarini,” la cual fue montada en 1960. En esta obra ya se la presentaba como toda una figura legendaria. En una parte de la obra, se dice: “En el erotismo del infierno, Macorina es la reina de las prostitutas.”

En la canción que lleva su nombre, se le atribuyen poderes curativos a sus manos, poderes sexuales que podían curar cualquier mal con solo colocar sus manos “aquí”. (o sea, en el corazón).

Esta es la letra:

Pónme la mano aquí Macorina.
Pónme la mano aquí
pon, pon, pon…

Yo conozco una vecina
que me tiene alborotao
me enteré que en los saraos
le llaman la Macorina
Pónme la mano aquí,
Macorina
Que me muero,
Macorina.
Pónme la mano aquí,
Macorina
Que estoy loco,

Macorina.

Ella gasta gasolina
en su carro colorao y sigue con el tumbao
que ella es la gran Macorina.

Pónme la mano aquí,
Macorina
Que me muero,
Macorina,
Pónme la mano aquí,
Macorina,
Que me duele,
Macorina.

Allá va la Macorina
en su carro colorao
ella va pa’ los saraos
con su tremendo tumbao

Le dicen la Macorina
con su carro colorao,
Colorao….
pon, pon, pon…

Dicen que el poeta español Alfonso Camín, exiliado en La Habana por causa de la Guerra Civil Española, le dedicó este hermoso poema:

Tus pies dejaban la estera

Y se escapaba tu saya

Buscando la guardarraya

Que al ver tu talle tan fino

Las cañas azucareras

Se echaban por el camino

Para que tú las molieras

Como si fueras molino.

Pónme la mano aquí, Macorina

Que me muero, Macorina,

Pónme la mano aquí, Macorina,

Que me duele, Macorina.

Tus senos, carne de anón,

Tu boca una bendición

De guanábana madura,

Y era tu fina cintura

La misma de aquel danzón

Caliente de aquel danzón.

Pónme la mano aquí, Macorina

Que me muero, Macorina,

Pónme la mano aquí, Macorina,

Que me duele, Macorina.

Después el amanecer

Que de mis brazos te lleva,

Y yo sin saber qué hacer

De aquel olor a mujer,

A mango y a caña nueva

Con que me llenaste el son

Caliente de aquel danzón.

Anuncios

Acerca de almejeiras

Me gusta Cuba y por eso hago este blog.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Macorina

  1. gd49 dijo:

    Preciosa historia, mientras la leía, sonaba en mis oídos
    “Ponme la mano aqui, Macorina, pon, pon… Añoranzas de mi tierra.
    ¡Adelante!

  2. nginory dijo:

    Es una preciosa recopilación de la vida de un personaje que las generaciones actuales no conocen pero que los mas mayores llevamos dentro y sentimos gran emoción al leer la historia. Gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s