Dolores Rondón. Una historia triste

Estimado lector que rozas la suave y policromada pluma del Tocororo:

Camagüey es una ciudad situada en el centro-este de Cuba (535 km de La Habana), capital de la provincia homónima. Cuenta con una población de más de 300.000 habitantes. En el 2008 la Unesco nombró su centro histórico como Patrimonio de la Humanidad. De allí nos llega esta historia triste de un amor imposible.

Historia de Dolores Rondón.

No es mucho lo que a ciencia cierta se sabe acerca de Dolores Rondón. Abel Marrero Companioni consigna en su libro Tradiciones camagüeyanas (1960) que por más que buscó en archivos de iglesias locales no pudo dar con la fecha de su nacimiento. El padre de Dolores fue el catalán Vicente Rams, propietario de un establecimiento de tejidos y ropa hecha que llevaba el nombre de “Versalles” y se ubicaba en la calle de La Candelaria (Independencia) cerca de la plaza de Paula. Los negocios sonrieron pronto a Rams, que pudo alternar en los círculos más elevados de la administración colonial en el territorio. No podía precisarse a cuánto ascendía su fortuna, pero el hecho de que se hubiera asentado con su familia en una de las grandes casonas de la plaza de San Francisco, en la que se afincaron algunos de los apellidos de mayor abolengo, da idea de su preeminencia.

Pero Vicente tenía un secreto: más allá de esta familia que mostraba a todos, había otra que ocultaba celosamente de parientes y amigos. En la popularísima calle de Hospital entre Cristo y San Luis Beltrán, tenía una amante, una mestiza que le había dado una hija excepcionalmente hermosa. Como era usual en esos casos, se encargó el catalán de mantener estrictamente separadas ambas familias y aunque entregó a su querida los recursos necesarios para la crianza de la hija natural, se negó a darle su apellido. Dolores Rondón nunca podría aspirar, gracias a la doble moral de esos tiempos, a convertirse en Dolores Rams.

La niña, que denotaba viva inteligencia y afición por el canto, creció hasta convertirse en una criolla bellísima con su color trigueño lavado, los ojos verdes, el pelo negro y lacio y una figura modelada y airosa.

Su vecino era Juan de Moya, poeta que pomposamente se hacía llamar Francisco de Juan de Moya y Escobar, versificador discreto, peluquero y flebotomiano (barbero sangrador) que como tal estaba autorizado a extraer dientes y muelas, aplicar sanguijuelas y practicar sangrías, métodos que en la época se tenían como eficaces para tratar la hipertensión arterial, las fiebres y la locura. El barbero que se fijaba en ella desde que era una adolescente, comenzó a cortejarla pero solo recibía de la muchacha burlas y desaires, repulsa y desprecio, aunque que tal vez a Dolores no le desagradara el coqueteo con un hombre que la obsequiaba con los epítetos más encendidos de su lira y que debía abrumarla, como era usual en la época, con serenatas, acrósticos, flores y esquelas amorosas. Pero ella se reservaba para un destino más ambicioso.

Y efectivamente contrajo nupcias con un oficial del ejército español que la llevó a vivir a una casa de la plaza de San Francisco, la zona en la que residía su padre y en la que ella no pudo habitar de niña. Su nueva situación le permitió relacionarse con personas distinguidas y asistió a fiestas y bailes que tenían lugar en las sociedades más exclusivas y en las que compartió con militares, figuras del gobierno local, comerciantes ricos…

Poco tiempo pasó la pareja después de la boda en la ciudad de Camagüey. Las dotaciones del ejército se movían de una ciudad a otra, y es muy posible, aunque nada hay de exacto en ello, que el matrimonio se fuera a España. El caso es que más tarde, Dolores enviudó.

Mientras tanto y sin noticias de Dolores, a quien quizás ya había olvidado, Juan de Moya continuaba su vida de siempre. Su peluquería “La Filomena” era refugio de trovadores y poetas.

En tiempos de epidemia, Moya tenía mucho que hacer en los dos hospitales civiles de la ciudad, el de San Juan de Dios, para hombres, y el de Nuestra Señora del Carmen, para mujeres, donde se hacinaban aquellos que no podían costear la atención médica. Se ignoraba la medicina preventiva, las campañas de vacunación eran pobres o inexistentes y los azotes del tifus, el cólera, la fiebre amarilla y la viruela elevaban la mortalidad de manera alarmante, al punto de que en 1863 hubo que ampliar el Cementerio General. En ese año la viruela diezmaba a los camagüeyanos y Juan de Moya, sangrador y homeópata, prestaba servicios en el hospital del Carmen.

Allí, un día y con el rostro desfigurado por las pústulas de la enfermedad, apareció ante él la mujer que tanto había amado. Se dice que por su gravedad no pudo reconocerlo o que él, por piedad, no se identificó. Ella, tan altanera, estaba abandonada a la caridad pública. Moya quiso aliviarla, pero poco pudo hacer. Dolores murió durante la noche y ni siquiera fue posible reclamar su cadáver que fue enterrado en una fosa común.

Fue entonces cuando Juan de Moya colocó allí su famoso poema y restauró una y otra vez la tablilla en la que lo escribió mientras la vida le permitió hacerlo. Con los años esa fosa desapareció, pero eran ya muchos los que memorizaban los versos. En 1935, por iniciativa de Pedro García Agremot, alcalde de Camagüey, se construyó un túmulo y se grabó en mármol el epitafio.

Arbitrariamente dicho túmulo fue emplazado lejos del sitio donde sepultaron a Dolores Rondón, delante del panteón de la familia Agramonte y muy cerca de la bóveda de los marqueses de Santa Ana y Santa María, como para darle más relieve dentro del entramado de la necrópolis.

Hoy, en una placa de mármol aparecen los versos que varias generaciones de camagüeyanos han memorizado cual epitafio eterno.

Aquí Dolores Rondón

finalizó su carrera

ven mortal y considera

las grandezas cuáles son:

el orgullo y presunción,

la opulencia y el poder,

todo llega a fenecer

pues solo se inmortaliza

el mal que se economiza

y el bien que se puede hacer.

De pobre fue el entierro, de pobre es la sepultura, y los lugareños le achacan las rimas del epitafio al desafortunado galán. Desde entonces, todo el que llega al lugar donde se dice que reposan los restos de Dolores, quedará envuelto por el misterio de la leyenda y la fragancia del pequeño ramo de flores que acompaña a la cruz y al epitafio.

Es la historia de un amor imposible, los desdenes de ella y las cualidades que él estimaba fueron sus defectos.

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Acerca de almejeiras

Me gusta Cuba y por eso hago este blog.
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Una respuesta a Dolores Rondón. Una historia triste

  1. Madame dijo:

    Belle histoire d’amour.
    Cordialement,

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