La tragedia del St. Louis

En agosto de 2009 viajé por segunda vez a Cuba y quiso el azar que pasara los primeros días en el Hotel Raquel. Está situado en el nº 103 de la calle Amargura (La Habana Vieja).Enseguida me sorprendió por su estilo “Art Nouveau”. Ya había leído algo sobre él pero al ir a mi habitación ví claramente la famosa Mezuzah. Se trata de un pequeño receptáculo de forma tubular sujeto en el dintel de la puerta. En su interior se puede encontrar un pergamino enrollado que contiene unos versículos de la Torá.

El interior es sorprendente, sobretodo por sus vidrieras de colores en los techos, las estatuas y por algo que yo, ignorante y despistado no pude apreciar en esa ocasión: En una de las dependencias está una reproducción del famoso cuadro al óleo del pintor cubano Víctor Manuel García. Lleva por título: “La Diáspora”. Se dice que pudo tener también el nombre de Los olvidados. Se trata de un óleo pintado en la década de 1940 con unas dimensiones de 94 x 96,8 cm. Se sabe poco sobre el lienzo original pero parece ser que pertenece a un coleccionista privado dominicano llamado M. Isaac Lif. También se desconoce si el cuadro fue pintado por satisfacción personal del autor o si fue un encargo. He leído comentarios acerca de que fue lo primero ya que el maestro vivía cerca del puerto y recibió los comentarios de la gente.

En todo caso, el cuadro intenta reflejar una enorme tragedia que cubrió de miseria y oprobio a muchos aunque también de gloria a alguno como se verá más adelante. El suceso es poco conocido y se ha tratado de ocultar a pesar de que se han escrito varios libros y se han filmado documentales y películas que narran la desgraciada historia.
Pero veamos lo que pasó:
El Saint Louis era un crucero alemán a bordo del cual 963 judíos (también alemanes) dejaron la Alemania nazi durante el verano de 1939 con destino a La Habana esperando escapar de los campos de concentración.

Se trataba de  un crucero de lujo destinado a los viajes transatlánticos desde Alemania y que cubría la línea Hamburgo-América. Tenía capacidad para 400 pasajeros en primera clase y 500 en clase turista. En 1939 lo mandaba el capitán Gustav Schröder y contaba con una tripulación de 231 miembros.

En 1939 los judíos alemanes eran ya perseguidos indiscriminadamente. Un año antes, en 1938, se había llevado a cabo la tristemente conocida Noche de los cristales rotos y numerosos judíos estaban siendo enviados a campos de concentración por las autoridades de la Alemania nazi.

Las autoridades alemanas dificultaban cada vez más la salida de los judíos del país. En este contexto el St. Louis era para ellos la última oportunidad de escapar de una muerte segura. La mayoría de los judíos a los que les fue permitido embarcar eran personas de fortuna que habían renunciado a todos sus bienes y a todo cuanto tenían para poder escapar.
Para los nazis este viaje servía como propaganda a fin de mostrar al mundo que los judíos alemanes eran libres de ir donde quisieran, por ello excepcionalmente permitieron este viaje, a bordo del cual además viajaban espías que trabajaban para la (Abwehr) servicio de inteligencia alemán, encargados de reunir información una vez en La Habana concerniente al estado del ejército norteamericano.

Los pasajeros embarcaron el 13 de mayo de 1939, con dirección a La Habana. Desde allí, la mayoría de ellos esperaba posteriormente llegar a los Estados Unidos, beneficiándose del sistema de cuotas de entrada de emigrantes vigente en la época.
Una media hora después de haber zarpado, se recibieron órdenes de ir a toda máquina pues otros dos navíos, el Flandes y el Orduña, también enfilaban rumbo a Cuba cargados de refugiados.
El viaje se desarrolló en buenas condiciones. El capitán ordenó a su tripulación que trataran a los pasajeros con respeto, como era el caso en los viajes habituales del St. Louis.

El 23 de mayo, ya cerca de la costa, el crucero recibió un telegrama que informaba de un posible problema con las autoridades cubanas que aparentemente se negaban a dar asilo a todos los pasajeros. Rápidamente el capitán organizó un comité compuesto por pasajeros juristas y miembros de la tripulación para estudiar la situación y buscar una solución.
En Cuba, ese mismo año de 1939 el gobierno había establecido un decreto ley (Decreto 55), que restringía el acceso a su territorio según el caso del solicitante de entrada, distinguiendo dos categorías, los turistas y los refugiados. Al contrario de los turistas, los refugiados necesitaban de una visa de entrada, además de pagar 500 dólares con el fin de demostrar que no iban a constituir una carga pública al estado cubano.
No obstante, había un fallo pues no se definía claramente la diferencia entre un turista y un refugiado. El director de emigración de aquel entonces, Manuel Benítez, aprovechando esto, vendía permisos de entrada. A fin de terminar con este tráfico, el presidente de la República, Federico Laredo Brú, hizo aprobar un nuevo decreto (Decreto 937) por el cual quedaban derogadas las visas dadas anteriormente. Como consecuencia, a los pasajeros del San Luis se les negó la entrada a Cuba a pesar de las visas ya otorgadas por la embajada de Cuba en Alemania. Sin embargo, el escritor de origen judío Jaime Sarosky afirma que la verdadera razón de la negativa de entrada fue que las autoridades cubanas actuaron por presiones del Departamento de Estado norteamericano. Cordell Hull, titular de esa secretaría, pidió a La Habana que se les negara el derecho de asilo con el pretexto de que las cuotas para los potenciales emigrantes provenientes de Europa central estaban ya cubiertas en los Estados Unidos.

¡¡¡ Y lo más asombroso es que en 1945, este personaje, que estaba casado con la hermana del multimillonario judío Julius Witz, recibió el Premio Nobel de la Paz !!!

Después del rechazo de entrada en La Habana, el capitán del San Luis buscando una nueva solución tomó rumbo a Florida y pidió un nuevo permiso de asilo a las autoridades estadounidenses. El presidente Franklin Delano Roosevelt intentó acoger a una parte de los pasajeros, pero nuevamente la oposición vehemente del secretario de estado, Cordell Hull, y los demócratas del sur lo impidieron llegando incluso a amenazar a Roosevelt con retirarle el apoyo en las elecciones de 1940 que se avecinaban.

El 4 de junio se prohibió al St. Louis, que esperaba una respuesta anclado entre Florida y Cuba, la entrada en territorio norteamericano.
El 5 de junio se hizo un intento desesperado, esta vez con Canadá, pero nuevamente recibieron una respuesta negativa. Ante la imposibilidad de continuar buscando posibles huéspedes entre los países vecinos, la situación de casi amotinamiento, los intentos de suicidio entre los pasajeros, la falta de comida, que ya se hacia sentir, y otras agravantes, el capitán, Gustav Schroder, tomó la decisión de regresar a Europa.
Durante el trayecto de regreso, el American Jewish Joint Distribution Committee intentó buscar una solución entre los países europeos. Bélgica, Reino Unido, Francia y los Países Bajos aceptaron repartirse por cuotas parte de los pasajeros. El San Luis llegó pues a la ciudad de Amberes ciudad a partir de la cual los pasajeros fueron repartidos a su destino final.

De los más de 900 pasajeros a bordo del San Luis, sólo 240 pudieron sobrevivir al holocausto, el resto terminaron capturados por los nazis o murieron en los campos de concentración.

El comportamiento de este capitán alemán durante el viaje sorprendió a los pasajeros ya desde la salida. A pesar de la presencia a bordo de un grupo de agentes nazis, entre los que estaba Otto Shiendick de la Gestapo, procuró que el viaje se desarrollara como un crucero normal y que los judíos fueran tratados como turistas de vacaciones. Los 14 días que duró el viaje fueron alegres y festivos.

Cuando empezaron las dificultades se reunió en su camarote con varios pasajeros abogados o que tenían conocimientos de derecho para intentar solucionarlas. En su intención estuvo siempre conseguir que todos pudieran alcanzar una tierra de acogida.
Como al llegar a La Habana no podían desembarcar, el navío quedó fondeado en Triscornia (afueras de la ciudad) y el Sr. Schröder permitió que muchos creyentes organizaran una improvisada Sinagoga. Cuando vió que no podían quedarse en Florida, pensó incluso seriamente estrellar el barco contra la costa como forma de naufragio forzoso y en su regreso a Europa mantuvo una mínima velocidad haciendo tiempo para ver si mientras tanto se arreglaba el problema.

Desde el 13 de mayo de 1939 llevó un registro personal de los hechos en su diario de a bordo y más tarde se publicaría en forma de libro con el título de Heimatlos auf hoher See (La epopeya del St. Louis). Murió en 1959 y el 11 de marzo de 1993 recibió  la medalla de “Justo entre las Naciones” a título póstumo.fleuron

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Acerca de almejeiras

Me gusta Cuba y por eso hago este blog.
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5 respuestas a La tragedia del St. Louis

  1. jorge dijo:

    O Dios
    Perdónanos por esta terrible ofenss, cobardía y canallada.

  2. antonia da silva dijo:

    A pesar de, cuan perseguidos han sido los judíos, siguen siendo personas fuertes ,que superan siempre toda dificultad

  3. Angelu dijo:

    Mi teoria: La diàspora judia del siglo 20 fué muy positiva pues de esa forma un pueblo inteligente y emprendedor que no tenīa patria definida se pudo regar pod distintos paises del mundo y aportar so cratividad muy positivamente.

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