Carlos Acosta. Baile y superación incomparables

Estimado lector que rozas la suave y policromada pluma del Tocororo: Debo confesar que mi ignorancia en el terreno artístico de la danza es total y ya se sabe que “no se ama aquello que no se conoce” pero eso no empece que admire a sus practicantes en su justo valor. Espero que en mi próxima reencarnación no vuelva a ser pato. Y si no pudiera ser, por favor, que no tenga mala pata.

Carlos Acosta Hernández es un gran bailarín cubano. Es uno de los más altos exponentes de la escuela cubana de ballet. Nació el 2 de junio de 1973 en La Habana. Está dotado de cualidades físicas excepcionales que lo han convertido gracias a su talento en uno de los más grandes bailarines del mundo, en opinión de la crítica especializada.

Estudió ballet en la Escuela Nacional de Ballet de Cuba en la que tuvo a profesores como Ramona de Sáa que le influyeron profundamente. En junio de 1991 se licenció con máximas calificaciones y recibió una medalla de oro.

Ha bailado con numerosas compañías entre ellas English National Ballet, Ballet Nacional de Cuba, Houston Ballet y American Ballet Theatre. Ha sido un miembro permanente de The Royal Ballet desde 1998 y en 2003 fue promovido a actor principal invitado, una posición que redujo su comprometimiento con The Royal Ballet, permitiéndole concentrarse en una creciente agenda de apariciones internacionales como invitado y tours.

Carlos pasó  de  pandillero en La Habana a Albrecht en el ballet Giselle dando un salto nada pequeño, pero es que no son precisamente los saltos pequeños los que han hecho famoso a Carlos Acosta. Este bailarín lleva ejecutando grandiosas piruetas durante 20 años en todo tipo de países y teatros y volviendo siempre  a menudo a su querida ciudad natal para luego saltar nuevamente a otro sitio. A lo largo de todo este recorrido se ha convertido, muy probablemente, en el segundo cubano vivo más famoso.

En Inglaterra, donde es miembro permanente del Royal Ballet desde 1998, mucha gente que nunca ha visto ninguna representación de danza clásica le reconoce por la calle. The Economist lo describió como el Billy Elliot cubano. Se refiere a un famoso film: Billy Elliot  es un niño de 11 años que quiere ser un bailarín de ballet profesional. Vive con su padre Jackie, la abuela y su hermano mayor Tony. Su padre obliga a Billy a dedicarse al boxeo pero éste rehúsa. Cuando Billy descubre en el gimnasio las clases de ballet de la señorita Wilkinson  decide unirse sin que su familia lo sepa, lo cual provoca conflictos entre ellos. , un chico pobre que triunfa por encima de los prejuicios y de unos orígenes humildes.

Acosta tiene una casa en el norte de Londres, donde vive con su novia Charlotte (no bailarina). “Hacemos una vida muy normal: vamos de compras, al cine, yo voy a cortarme el pelo a un barbero israelí de Islington…“, contaba  al Sunday Times. “La gente me para en el autobús o en el metro y no pueden creerse que utilice el transporte público.” A pesar de todo nunca ha escondido su deseo de regresar a La Habana, y vuelve tan a menudo como puede, para visitar a la familia y a los amigos, a veces para actuar, otras para dar clases en la Escuela Nacional de Ballet, la mayoría de las veces simplemente para desconectar de su frenético calendario de actuaciones en Inglaterra. Cuando un escritor de The Guardian le preguntó qué lugar consideraba su hogar, éste respondió con desesperación: los aeropuertos.

La afición de Carlos Acosta por los saltos asombrosos no es lo que le hizo ser bailarín. La idea fue de su padre. Carlos nacido en 1973 es el más joven de 11 hermanos. Cuando tenía nueve años, pasaba más tiempo bailando break dance y metiéndose en líos que yendo a la escuela.

Desde pequeño andaba en pandillas callejeras. No soportaba la escuela y sus pasos se encaminaban inevitablemente hacia la delincuencia. Su padre, atormentado, acudió a una vecina amiga suya quien le propuso que lo llevara a la Escuela de Ballet de L y 19 (forma utilizada en Cuba para localizar lugares en el callejero). De ese modo aseguraba tenerlo controlado. Su papá no lo pensó dos veces, pues con eso se quitaba un buen problema.

Su apodo lo dice todo: Junior el Desastre. Así que su padre, Pedro, decidió mandarlo a un lugar de dura enseñanza de ballet, la Escuela Nacional de Ballet de Cuba, en 1982. A Carlos  no le quedó más remedio.

El ballet no es una cosa que los chicos cubanos suelan ver como un castigo. Llegar a ser un buen bailarín puede suponer dinero, apariciones en televisión, viajes a otras partes de la isla o incluso por todo el mundo. Pero Carlos Acosta quería ser futbolista. Se rebelaba contra los rigores de las clases de ballet y quería volver a casa. “Le suplicaba a mi padre que me sacara de ahí“, recuerda. “Me metía en peleas.” Las cosas mejorarían después, pero no antes de empeorar mucho más: su madre sufrió un derrame cerebral, su padre fue encarcelado tras un accidente de tráfico y Carlos acabó por agotar la paciencia de la Escuela Nacional de Ballet. Finalmente, le mandaron a un internado en Pinar del Río.

Llegó a L y 19 en contra de su voluntad, porque quería ser futbolista. Al inicio vivía lleno de arañazos y de moretones, pues sus compañeros de andanzas le gritaban ‘mariquita’ y tenía que defender su honor. Las cosas empeoraron cuando su mamá sufrió un derrame cerebral y su padre entró dos años en prisión, por un accidente.

Les correspondió a sus dos hermanas encargarse de él o sea que estaba casi libre, y como aborrecía el ballet, comenzó a faltar a la escuela. Dejaba literalmente colgados los espectáculos. Al parecer era insoportable y decidieron trasladarlo a Villa Clara, lo cual en el fondo significaba una expulsión. Lo supo al llegar a la escuela y ver que nadie lo esperaba. Ni siquiera existía el cuarto año de nivel elemental, que era el que cursaba. En fin, se quedó en la calle y sin poder regresar a L y 19.

Su padre fue a Pinar del Río, y probó en la Escuela de Arte de allí, donde no querían habaneros, pues tenían fama de ser conflictivos y desastrosos. Después de largas conversaciones, lo pusieron un mes a prueba. Finalmente lo aceptaron y pudo terminar el nivel elemental.

El interés de Acosta por el ballet surgió una noche cuando tenía 13 años, en una actuación del Ballet Nacional de Cuba (ballet del que llegaría a ser primer bailarín bajo las órdenes de la legendaria directora artística de la compañía, Alicia Alonso, en 1994). “Vi a todos esos bailarines fabulosos dando esos saltos y me dije: Yo quiero ser uno de ellos dentro de unos años.

Su asistencia a la escuela mejoró y se convirtió en un prodigio: ganó una beca para el Ballet de Turín, la Medalla de Oro en el Prix de Lausanne, el Grand Prix en el 4.º Concurso Bienal Internacional de Danza de París, el Premio Vignale Danza y el Premio Frédéric Chopin… y todo en el mismo año, 1990, con 16 años de edad.

 En Pinar del Río empezó a amar el ballet. Estaba becado y sus profesores eran increíbles. Sobre todo, Juan Carlos González, quien hizo una labor encomiable y despertó en él esas ganas de superarse, de ser el mejor.

Regresó a La Habana, a L y 19, para hacer su examen de pase de nivel. Ya era otro. Había entrado en juicio. Estaba grande. Se le había estirado el cuello, cogió 100 puntos, evaluación que muy pocas veces se ha otorgado. Fue un escándalo.

A los 16 años viajó a Italia. En el examen lo vio Ramona Elcira de Saá Bello. Por aquel entonces existía un intercambio cultural entre la Escuela Nacional de Ballet (ENB) y el Ballet del Teatro Nuevo de Turín, Italia. Entonces, se decidió probar con dos alumnos, quienes se integrarían al trabajo de esa compañía.

Lo escogieron a él y a otro muchacho llamado Ariel Serrano. En ese período estaba haciendo “Carmen”. No se le olvidará nunca, porque el coreógrafo, ya fallecido, le dijo a Ramona que tenía algo especial y le sugirió que lo preparara para el Grand Prix de Lausanne en Suiza.

La profesora estuvo de acuerdo e inició el entrenamiento. Fue el último en inscribirse, sin embargo, ganó el tan codiciado galardón. A partir de ese momento, su suerte comenzó a cambiar. Ya no era del cuerpo de baile, sino que hacía papeles de solista.

Acosta narra la lucha que toda su vida ha mantenido contra la añoranza en su autobiografía, Sin mirar atrás (2007), tema que reaparece en su propio ballet, Tocororo: A Cuban Tale, estrenado en La Habana en 2002. El pasado verano, no obstante, Acosta llevó la idea de “vuelta a casa” a un nivel totalmente nuevo. Regresó a La Habana para llevar a cabo una enorme gira de una semana de duración con 80 compañeros bailarines del Royal Ballet. Interpretó la pieza característica del Royal Ballet, Manon, que fue coreografiada por primera vez en Londres por Sir Kenneth MacMillan en 1974.

Había cerrado el círculo. Había llevado Londres a La Habana, hecho que él considera “uno de mis mayores éxitos”. Aunque conociendo a Carlos Acosta, es de esperar que en el futuro lleguen muchos más.

Premios

Medalla de Oro del Prix de Lausanne (1990),

Grand Prix de la 4ª bienal Concours International de Danse de Paris (1990),

Premio Vignale Danza en Italia (1990),

Premio Frédéric Chopin, otorgado por la Corporación Artística Polaca (1990),

Premio al Mérito en la Competición de Jóvenes Talentos, Positano, Italia (1991),

Premio Osimodanza, Italia (1991),

Gran Premio por la Union de Escritores y Artistas (UNEAC) (1991),

Premio de Danza de la Fundación Princesa Grace, U.S.A. (1995).

Nominado a un premio Olivier Award in 2004.

Premio Olivier Award in 2006.

 Compañías

De 1989 a 1991 Carlos actuó en diversas compañías incluídas la Compagnia Teatro Nuovo di Torino en Italia, donde bailó al lado de Luciana Savignano, y la compañía del Teatro Teresa Carreño de Caracas Venezuela.

English National Ballet. Por la invitación de Ivan Nagy, Carlos bailó con el “English National Ballet” en Londres en la temporada 1991/92. Bailando Polovtsian Dances de Príncipe Igor y Cenicienta, con Eva Evdokimova y Ludmila Semenyaka, Le Spectre de la Rose, Les Sylphides y como Príncipe en Ben Stevenson’s El Cascanueces.

Ballet Nacional de Cuba. En 1992 y 1993 fue miembro del Ballet Nacional de Cuba bajo la directora Alicia Alonso, siendo el Primer bailarín en 1994. En octubre de 1993 y septiembre de 1994 fue de gira con la compañía a Madrid, España, donde bailó en los papeles de Albrecht en Giselle, Basilio en Don Quixote y Siegfried en El lago de los cisnes.

Houston Ballet. En noviembre de 1993 fue invitado por Ben Stevenson, director artístico del Houston Ballet, para ser el prmer bailarín, siendo en su debut el Príncipe en El Cascanueces. Papel al que siguieron entre otros:

Prince Siegfried en El lago de los Cisnes,

Solor en La Bayadère,

Basilio en Don Quixote,

 The Royal Ballet. En 1998 Carlos bailó en The Royal Ballet, Covent Garden, bajo la dirección de Anthony Dowell. Algunos de los papeles que representó fueron:

Jean de Brienne en una produccíón de Rudolf Nuréyev de Raymonda Acto III,

Siegfried en El lago de los Cisnes.

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