La esclavitud. Un oprobioso comercio

Estimado lector que rozas una vez más la suave y policromada pluma del Tocororo: En mis épocas de estudiante, usábamos con frecuencia un libro muy popular en España. Se trataba de las Tablas de logaritmos vulgares de Dn. Vicente Vázquez Queipo. El caso es que en la primera página de ese libro figuraba la lista de obras del mismo autor y entre ellas, a todos nos llamaba la atención la siguiente:

Informe fiscal sobre el fomento de la población blanca en la isla de Cuba y abolición gradual de la esclavitud”. (1844)
Realmente nos parecía sorprendente que este señor hablara de abolición gradual de los esclavos y nos dábamos entonces cuenta de que esta sórdida práctica de la esclavitud era bastante reciente. En cualquier caso, es innegable que el comercio de esclavos africanos tuvo consecuencias irreversibles en el Caribe, configuró profundamente la población actual e influyó decisivamente en los procesos de sublevación por la independencia de Cuba. Fue sin duda un comercio oprobioso como se dice en el título, es decir vergonzoso, vil, deshonroso, indecente y abyecto.

La esclavitud se remonta a la antigüedad más remota y se puede dividir en dos fases fundamentales, la antigua y la moderna. Se sabe que los sumerios (5.000 años a.C.), habían institucionalizado la esclavitud, cuando en sus guerras tomaban una ciudad aunque se hacía entre gente de su mismo pueblo, como el caso de Lagash que esclavizó a los presos capturados en Ur. Pero aquí nos vamos a referir sobretodo a la esclavitud en la época colonial de América, y en particular a la de Cuba especialmente a los esclavos de raza negra procedentes de África.

Los nativos de Cuba antes del descubrimiento no conocían la esclavitud como institución. En esa época de 1492 había en la península ibérica unos 100.000 esclavos y a finales del siglo los descubridores llevaron algunos al Caribe para realizar labores domésticas y cuidar de los caballos y otros animales que eran desconocidos en el nuevo mundo. En esos tempranos tiempos, los trabajos agrícolas y de minería los hacían los indios ya esclavizados.

Cuando a Diego Velázquez le dieron la misión de colonizar Cuba, al partir de Santo Domingo (1511) con un pequeño ejército ya  incluyó unos cuantos esclavos traídos a la Española desde la Península Ibérica.

A partir de la segunda década, de las ocho villas fundadas por Velázquez, los colonos empezaron a tener esclavos negros, aunque en pequeño número. Estos primeros esclavos entraban en Cuba, y en las otras posesiones españolas por medio de concesiones (licencias), otorgadas por la corona a traficantes particulares. Al aparecer la piratería, los colonos también compraban esclavos de contrabando a los piratas.

Al ir escaseando la mano de obra indígena, el tráfico de esclavos negros se fue incrementando, y cuando la industria azucarera comenzó a crecer, este mercado alcanzó en Cuba grandes proporciones. La entrada del mayor número de esclavos en Cuba se registró entre los años 1801 y 1865, período en el que llegaron a la isla unos 600.000. Según los documentos de la época, en 1537 había unos 600 esclavos africanos repartidos en las diferentes haciendas, y algunos en labores mineras, como la del Cobre descubierta en 1530, situada en el Oriente de la Isla.

Al finalizar las concesiones a particulares en 1595 (primera etapa de la esclavitud), se desarrolló el “asiento”, en que la corona le otorgaba a compañías lusas por medio de una cantidad de dinero, el tráfico de esclavos a sus colonias españolas, comprometiéndose a mantener la demanda. En 1656 la corona añade compañías francesas a este siniestro tratado de esclavos, y desde 1713 participaron también los ingleses.

La crueldad con la que eran tratados los esclavos es casi imposible de describir pues hiere la sensibilidad de cualquier ser que se considere humano. El sufrimiento de la mayoría de los esclavos en relación al tráfico desde África a América, comenzaba desde el momento de su captura en su tierra natal. Los traficantes no tenían misericordia al perseguirlos, en matar a los que trataban de escapar, en separar a madres o padres de sus hijos, destruir las familias y cuando los apresaban, a las mujeres y hombres que se revelaban los azotaban con saña.

Al ir concentrando a los apresados en la costa, los primeros grupos se pasaban hasta dos o tres días sin alimentos, y eran flagelados brutalmente si protestaban. Algunos morían. El martirio de la travesía es inenarrable. Se pasaban varios días sin probar bocado, con el agua racionada al máximo y cuando alguno se enfermaba de gravedad, lo arrojaban al mar. Otros debido al hambre y a la presión psicológica se lanzaban ellos mismos a las aguas del océano. Si el barco era atacado por piratas, los tiraban encadenados al agua sin piedad para aligerar la carga y así tratar de escapar.

Al llegar a su destino, según el amo que les tocaba, continuaba el calvario. Los hacían trabajar desde el amanecer hasta que oscurecía, y a los que protestaban, el látigo era la respuesta para ellos. Demás esta señalar que había violaciones hasta de los menores de edad por parte de los dueños.

La trata de negros, consecuencia de la mortalidad que hizo estragos entre los indios, y también, de manera imprevista, de las campañas emprendidas en favor de ellos, data de principios del s. XVI. América tenía necesidad para sus plantaciones tropicales de aquella mano de obra tan resistente, y todo el mundo, desde la Iglesia al Rey de España, aprobó la deportación de los africanos. En 1650, eran ya unos 100.000 los llegados al Nuevo Mundo.

Los negreros sustituyeron pronto el aprovisionamiento por la captura directa. En efecto, preferían entenderse directamente con los reyezuelos indígenas, que les vendían sus prisioneros de guerra y, a veces, hasta sus propios súbditos. Como la demanda crecía sin cesar, las expediciones debieron internarse cada vez más profundamente en la selva. Empezaban por enmudecer a los «tam-tam» de alerta, y a continuación ponían cerco al poblado.

Comenzaba entonces para las familias cautivas una marcha agotadora hacia un océano cuya existencia ignoraban a veces. En la playa, los prisioneros eran entregados a los hombres blancos, a cambio de tejidos, armas o caballos, a razón de uno por cada diez esclavos. Una vez examinados por el cirujano de a bordo, marcados con hierro al rojo y encadenados de cuello, pies y manos, los negros eran hacinados en el navío que partía para América. La duración del viaje, cuando el tiempo era favorable, variaba entre 35 a 50 días, según que el destino fuera Pernambuco o Río. Una vez llegados a puerto, los esclavos que habían sobrevivido a la travesía eran reunidos en un campamento, donde reposaban, se limpiaban y sanaban antes de la venta de tal manera que eran objeto del mismo tipo de comercio que cualquier especie de animales.

El número total de  negros capturados es difícil de evaluar. Parece que fueron más de doce millones los africanos deportados de África a América entre los s. XVI y XIX. Solamente entre 1735 y 1785, Carolina del Sur dio acogida a unos 45.000. La esclavitud fue también muy importante en los países árabes, y duró hasta el s. XIX. Cerca de 18 millones de negros se vieron arrancados, de tal manera, de las regiones comprendidas entre el Nilo y el Níger. Estas impresionantes cifras explican por sí solas que África fuera el único continente en el que la población no aumentó entre los s. XVI y XIX. La demografía africana llegó a conocer un descenso entre 1750 y 1850.

Los traficantes utilizaban la mayoría de las veces navíos de carga acondicionados para la trata. Los mejor equipados eran los portugueses, pues sus carabelas podían transportar hasta 500 esclavos. Sobre navíos más pesados, los holandeses no solían cargar a más de 300. Encadenados, durante el trayecto, los negros iban tumbados en entrepuentes cuya altura nunca excedía de 1,50 m. Las condiciones higiénicas resultaban atroces, y las epidemias fueron muy numerosas. La alimentación, formada por los llamados «víveres de negros», se componía sobre todo de habas, arroz y mandioca.

La trata no comenzó con la llegada de los mercaderes europeos. Desde muchos siglos antes, la esclavitud era una práctica corriente entre los africanos. Prisioneros de guerra, condenados de derecho común y deudores, eran vendidos como esclavos. Pero, a pesar de que fuesen tratados como inferiores, éstos no dejaban nunca de formar parte de la comunidad. En efecto, podían volver a comprar su libertad, así como cultivar un particular pedazo de tierra. Al integrarse a estas prácticas ancestrales, los europeos las destruyeron, provocando la decadencia de las sociedades africanas.

El comercio triangular era la forma más lucrativa del comercio marítimo. Bajeles de Nantes, Amsterdam o Liverpool salían de Europa cargados de pacotilla, e iban en busca de un cargamento de negros a las costas de África. A continuación se dirigían hacia las «Islas» (Antillas), Brasil o América del Norte. Con el producto de la venta de los esclavos negros, los barcos cargaban sus bodegas de azúcar, de ron, de café y de cacao, que a continuación eran vendidos en Europa. A pesar del 30 por 100 de esclavos que por término medio se perdía, el comercio triangular supuso fabulosos beneficios a sus comanditarios, y constituyó la fortuna de los puertos franceses del litoral atlántico.

La América anglosajona era resueltamente hostil a las mezclas de razas, pero los españoles y portugueses toleraron siempre el mestizaje. Los colonos que llegaban a las nuevas tierras sin mujer tomaban esposa o concubinas entre las indias o las negras. De ello resultó una asombrosa mezcolanza de poblaciones y numerosos grupos de individuos de «sangre mezclada», que eran despreciados en mayor o menor medida. El hijo de un español y una negra era un mulato; el de una negra y un indio, un lobo; el de un español y una india, un mestizo, etc.

Otro tipo de mano de obra que era posible encontrar, sobre todo en las Antillas y en América del Norte, fueron los “voluntarios”. Con frecuencia se trataba de franceses desprovistos de recursos que recibían de un «armador el préstamo del precio de su viaje a Québec o a las «Islas». A cambio, quedaban obligados a trabajar en las tierras de un propietario de plantación durante tres años, tiempo durante el cual no eran retribuidos. Muchos se comprometieron a tal acuerdo de manera colectiva, y algunos de ellos se desplazaron con sus mujeres y sus hijos.

Muchos esclavos de América prefirieron la huida a la servidumbre, y se internaron en el corazón del continente o de las «Islas». Se les llamó «cimarrones». Retornados a la vida salvaje, reconstruyeron en plena jungla verdaderas tribus fundadas sobre la caza y la pesca y pronto simpatizaron con los indios.

Unánimemente despreciados, los negros ocupaban la parte más baja de la escala en la jerarquía social colonial. Sin embargo, los antropólogos han podido establecer que los esclavos procedentes de los pueblos bantú y sudanés eran con frecuencia más civilizados que la mayoría de los indios. Mientras que los aztecas y los incas, por ejemplo, seguían en la edad de bronce, los africanos trabajaban ya el hierro. Y mientras que muchas tribus americanas vivían de la recogida de frutos, los negros eran agricultores. Mezcla de animismo y de Islam, la cultura africana resultaba, de hecho, muy compleja y su riqueza se revelaba, sobre todo en la música, más profunda y menos afectada que la de los indios.

Una de las cosas que llaman la atención es que a pesar de la crueldad del trato con los esclavos, existían ciertas reglas de comportamiento cuyo cumplimiento era más o menos estricto pero que estaban escritas como:

Reglamento de esclavos de Cuba.

Artículo 1°. Todo dueño de esclavos deberá instruirlos en los principios de la Religión Católica Apostólica Romana, para que puedan ser bautizados, si ya no lo estuvieren; y en caso de necesidad les auxiliará con el agua de socorro, por ser constante que cualquiera puede hacerlo en tales circunstancias.

Artículo 2°. La instrucción a que se refiere el artículo anterior deberá darse por las noches, después de concluido el trabajo, y acto continuo se les hará rezar el rosario o algunas otras oraciones devotas.

Artículo 3°. En los domingos y fiestas de ambos preceptos, después de llenar las prácticas religiosas, podrán los dueños o encargados de las fincas emplear la dotación de ellas, por espacio de dos horas, en asear las casas y oficinas, pero no más tiempo, ni ocuparlos en las labores de la hacienda, a menos que sea en las épocas de recolección, o en otras atenciones que no admitan espera; pues en estos casos trabajarán como en los días de labor.

Artículo 4°. Cuidarán bajo su responsabilidad que a los esclavos ya bautizados, que tengan las edades necesarias para ello, se les administren los santos sacramentos, cuando lo tienen dispuesto la Santa Madre Iglesia, o sea necesario.

Artículo 5°. Pondrán el mayor esmero y diligencia posible en hacerles comprender la obediencia que deben a las autoridades constituidas, la obligación de reverenciar a los sacerdotes, de respetar a las personas blancas, de comportarse bien con las gentes de color, y de vivir en buena armonía con sus compañeros.

Artículo 6°. Los amos darán precisamente a sus esclavos de campo dos o tres comidas al día, como mejor les apetezca, con tal que sean suficientes para mantenerlos y reponerlos de sus fatigas; teniendo entendido que se regula como alimento diario y de absoluta necesidad para cada individuo seis u ocho plátanos, o su equivalente en boniatos, ñames, yucas y otras raíces alimenticias, ocho onzas de carne o bacalao, y cuatro onzas de arroz u otra menestra o harina.

Artículo 7°. Deberán darles también dos esquifaciones al año en los meses de diciembre y mayo, compuestas cada una de camisa y calzón de coleta o rusia, un gorro o sombrero y un pañuelo; y en la de diciembre se les añadirá, alternando un año, una camisa o chaqueta de bayeta, y otro año una frazada para abrigarse durante el invierno.

Artículo 8°. Los negros recién nacidos o pequeños, cuyas madres vayan a los trabajos de la finca, serán alimentados con cosas muy ligeras, como sopas, atoles, leche u otras semejantes, hasta que salgan de la lactancia y de la dentición.

Artículo 9°. Mientras las madres estuvieren en el trabajo, quedarán todos los chiquillos en una casa o habitación, que deberá haber en todos los ingenios o cafetales, la cual estará al cuidado de una o más negras, que el amo o mayordomo crea necesarias, según el número de aquéllos.

Artículo 7°. Si enfermasen durante la lactancia, deberán entonces ser alimentados a los pechos de sus mismas madres, separando a éstas de las labores o tareas del campo, y aplicándolas a otras ocupaciones domésticas.

Artículo 11. Hasta que cumplan la edad de tres años deberán tener camisillas de listado, en la de tres a seis podrán ser de coleta; a las hembras de seis a doce se les darán sayas o camisas largas, y a los varones de seis a catorce se les proveerá también de calzones, siguiendo después de estas edades el orden de las demás.

Artículo 12. En tiempos ordinarios trabajarán los esclavos de nueve a diez horas diarias, arreglándose el amo del modo que mejor le parezca. En los ingenios durante la zafra o recolección serán diez y seis las horas de trabajo, repartidas de manera que se les proporcionen dos de descanso durante el día, y seis en la noche, para dormir,

Artículo 13. En los domingos y fiestas de ambos preceptos, y en las horas de descanso los días que fueren de labor, se permitirá a los esclavos emplearse dentro de la finca en manufacturas u ocupaciones que cedan en su personal beneficio y utilidad, para poder adquirir peculio y proporcionarse la libertad.

Artículo 14. No podrá obligarse a trabajar por tareas a los esclavos varones mayores de sesenta años o menores de diez y siete, ni alas esclavas, ni tampoco se empleará ninguna de estas clases en trabajos no conformes a su sexo, edades, fuerzas y robustez.

Artículo 15. Los esclavos que por su avanzada edad o por enfermedad no se hallen en estado de trabajar, deberán ser alimentados por los dueños, y no podrán concederle la libertad para descargarse de ellos, a no ser que les provean de peculio suficiente a satisfacción de la justicia, con audiencia del Procurador Síndico, para que puedan mantenerse sin necesidad de auxilio.

Artículo 16. En toda finca habrá una pieza segura destinada para depósito de los instrumentos de labor, cuya llave no se confiará jamás a ningún esclavo.

Artículo 17. Al salir para el trabajo se dará a cada esclavo el instrumento de que haya de servirse en la ocupación del día, y tan luego como regrese se le recogerá y encerrará en el depósito.

Artículo 18. No saldrá de la hacienda esclavo alguno con ningún instrumento de labor, y menos con armas de cualquier clase, a no ser que fuera acompañando al amo o mayordomo, o a las familias de éstos, en cuyo caso podrá llevar su machete, y no más.

Artículo 19. Los esclavos de una finca no podrán visitar a los de otra sin el consentimiento expreso de los amos o mayordomos de ambas; y cuando tengan que ir a finca ajena o salir de la suya llevarán licencia escrita de su propio dueño o mayordomo, con las señas del esclavo, fecha del día, mes y año, expresión del punto a que se dirijan y término porque se les ha concedido.

Artículo 20. Todo individuo de cualquier clase, color y condición que sea, está autorizado para detener al esclavo que encuentre fuera de la casa o terrenos de su amo, si no le presenta la licencia escrita que debe llevar, o presentándola advierte que ha variado notoriamente el rumbo o dirección del punto a que debía encaminarse, o que está vencido el término por el cual se le concedió; y le deberá conducir a la finca mas inmediata, cuyo dueño le recibirá y asegurará, dando aviso al amo del esclavo si fuere del mismo partido, o al pedáneo para que oficie a quien corresponda, a fin de que pueda ser recogido el fugitivo por la persona a quien pertenezca.

Artículo 21. Los dueños o mayordomos de fincas no recibirán gratificación alguna por los esclavos prófugos que aprehendieren o les fueren entregados a virtud de lo dispuesto en el artículo anterior, en atención a ser un servicio que recíprocamente se deben prestar los hacendados y redunda en su privativa utilidad.

Los demás aprehensores serán remunerados por el amo del esclavo con la cuota de cuatro pesos, señalada por la captura en el reglamento de cimarrones.

Artículo 22. Tendrá el amo que satisfacer además los gastos de alimentos, curación si hubiere sido necesario hacerla, y los demás que previene el mismo reglamento de cimarrones.

Artículo 23. Permitirán los amos que sus esclavos se diviertan y recreen honestamente los días festivos después de haber cumplido con las prácticas religiosas; pero sin salir de a finca, ni juntarse con los de otras, y haciéndolo en lugar abierto y a vista de los mismos amos, mayordomos o capataces, hasta ponerse el sol o toque de oraciones, y no más.

Artículo 24. Se encarga muy particularmente a los dueños y mayordomos la más exacta vigilancia para impedir el exceso en la bebida y la introducción en las diversiones de los esclavos de otra finca y de otros hombres de color libres.

Artículo 25. Los amos cuidarán con el mayor esmero de construir para los esclavos solteros habitaciones espaciosas en punto seco y ventilado, con separación para los dos sexos, y bien cenadas y aseguradas con llave, en las cuales se mantendrá una luz en alto toda la noche; y permitiéndoselo sus facultades harán una habitación aislada para cada matrimonio.

Artículo 26. A la hora de retirarse a dormir (que en las noches largas será a las ocho, y en las cortas a las nueve) se pasará lista a los esclavos, para que no queden fuera de su habitación sino los guardieros, de los cuales uno deberá destinarse para vigilar que todos guarden silencio y dar parte inmediatamente al amo o mayordomo de cualquier movimiento de los mismos compañeros; de las gentes que llegaren de fuera, o de cualquier otro acaecimiento interesante que ocurriere.

Artículo 27. Así mismo habrá en cada finca una pieza cerrada y asegurada con la división oportuna para cada sexo, y otras dos, además, para los casos de enfermedades contagiosas, donde serán asistidos los esclavos que cayeren enfermos por facultativos en los casos graves, y por enfermeros y enfermeras en los males leves, en que sólo se necesita de remedios caseros; pero siempre con buenas medicinas, alimentos adecuados y con el mayor aseo.

Artículo 28. Los enfermos, a ser posible, serán colocados en camas separadas, compuestas de un jergón, estera o petate, cabezal, manta y sábana, o en un tablado que preste el desahogo suficiente para las curaciones de los individuos que en él se reúnan, pero siempre en alto.

Artículo 29. Los dueños de esclavos deberán evitar los tratos ilícitos de ambos sexos, fomentando los matrimonios; no impedirán el que se casen con los de otros dueños, y proporcionarán a los casados la reunión bajo un mismo techo.

Artículo 30. Para conseguir esta reunión, y que los cónyuges cumplan el fin del matrimonio, seguirá la mujer al marido, comprándola el dueño de éste por el precio en que se conviniere con el de aquélla, y si no, ajusta tasación por peritos de ambas partes, y un tercero en caso de discordia; y si el amo del marido no se allanare a hacer la compra tendrá acción el amo de la mujer para comprar al marido. En el evento de que ni uno ni otro dueño se hallare en disposición de hacer la compra que le incumba, se venderá el matrimonio esclavo reunido a un tercero.

Artículo 31. Cuando el amo del marido comprare la mujer, deberá comprar también con ella los hijos que tuviere menores de tres años, en razón a que según derecho, hasta que cumplan esa edad, deben las madres nodrescerlos y criarlos.

Artículo 32. Los amos podrán ser obligados por las justicias a vender sus esclavos cuando les causen vejaciones, les den mal trato, o cometan con ellos otros excesos contrarios a la humanidad y racionales modos con que deben tratarlos.

La venta se hará en estos casos por el precio que tasaren peritos de ambas partes, o la justicia, en el caso de que alguno de ellos rehusare hacer nombramiento, y un tercero en discordia, cuando fuere necesario; pero si hubiere comprador que quiera tomarlos sin tasación por el precio que exija el amo, no podrá la justicia impedir que se haga la venta a su favor.

Artículo 33. Cuando los amos vendan sus esclavos por conveniencia o voluntad propia estarán en libertad de hacerlo por el precio que les acomode, según la mayor o menor estimación en que los tuvieren.

Artículo 34. Ningún amo podrá resistirse a coartar sus esclavos, siempre que se le exhiban al menos cincuenta pesos a cuenta de su precio.

Artículo 35. Los esclavos coartados no podrán ser vendidos en mas precio que el que se les hubiere fijado en su última coartación, y con esta condición pasarán de comprador a comprador.

Sin embargo, si el esclavo quisiera ser vendido contra la voluntad de su amo, sin justo motivo para ello, o diere margen con su mal proceder a la enajenación, podrá el amo aumentar al precio de la coartación el importe de la alcabala y los derechos de la escritura que causare su venta.

Artículo 36. Siendo el beneficio de la coartación personalísimo, no gozarán de él los hijos de madres coartadas, y así podrán ser vendidos como los otros esclavos enteros.

Artículo 37. Los dueños darán la libertad a sus esclavos en el momento en que les apronten el precio de su estimación legítimamente adquirido, cuyo precio, en el caso de no convenirse entre si los interesados, se fijará por un perito que nombre el amo de su parte o, en su defecto, la justicia, otro que elegirá el Síndico Procurador General en representación del esclavo, y un tercero, elegido por dicha justicia, en caso de discordia.

Artículo 38. Ganará la libertad, y además un premio de quinientos pesos, el esclavo que descubra cualquier conspiración tramada por otro de su clase, o por personas libres, para trastornar el orden público.

Si los denunciadores fueren muchos y se presentaren a la vez a hacer la denuncia, o de una manera que no deje la menor duda de que el último o últimos que se hubieren presentado no podían tener idea de que la conspiración estaba ya denunciada, ganarán todos la libertad, y repartirán entre si, a prorrata, los quinientos pesos de la gratificación asignada.

Cuando la denuncia tuviere por objeto revelar una confabulación, o el proyecto de algún atentado de esclavo u hombre libre contra el dueño, su mujer, hijo, padres, administrador o mayoral de finca, se recomienda al dueño el uso de la generosidad con el siervo o siervos que tan bien han llenado los deberes de fieles y buenos servidores, por lo mucho que les interesa ofrecer estímulos a la lealtad.

Artículo 39. El precio de la libertad y el premio a que se refiere el párrafo primero del precedente artículo serán satisfechos del fondo que ha de formarse de las multas que se exijan por las infracciones de este reglamento o de cualquier otro de los que pertenecen al gobierno.

Artículo 40. También adquirirán los esclavos su libertad cuando se les otorgue por testamento, o de cualquier otro modo legalmente justificado, y procedente de motivo honesto o laudable.

Artículo 41. Los esclavos están obligados a obedecer y respetar como a padres de familia a sus dueños, mayordomos, mayorales y demás superiores, y a desempeñar las tareas y trabajos que se le señalasen, y el que faltare a alguna de estas obligaciones podrá, y deberá, ser castigado correccionalmente por el que haga de jefe en la finca, según la calidad del defecto, o exceso, con prisión, grillete, cadena, maza o cepo, donde se le pondrá por los pies, y nunca de cabeza, o con azotes que no podrán pasar del número de veinte y cinco.

Artículo 42. Cuando los esclavos cometieren excesos de mayor consideración, o algún delito para cuyo castigo o escarmiento no sean suficientes las penas correccionales de que habla el artículo anterior, serán asegurados y presentados a la justicia para que con audiencia de su amo, si no los entrega ala noxa, o con la del Síndico Procurador, si los entregase o no quisiese seguir el juicio, se proceda a lo que haya lugar en derecho, pero en el caso de que el dueño no haya desamparado o cedido a la noxa el esclavo, y este fuere condenado a la satisfacción de daños y menoscabos a un tercero, deberá responder el dueño de ellos, sin perjuicio de que al esclavo delincuente se le aplique la pena corporal o de otra clase que merezca el delito.

Artículo 43. Sólo los dueños mayordomos o mayorales podrán castigar correccionalmente a los esclavos con la moderación y penas que quedan prevenidas, y cualquier otro que lo hiciere sin mandato expreso del dueño, o contra su voluntad, o le causare otra lesión o daño, incurrirá en las penas establecidas por las leyes, siguiéndose la causa, a instancia del dueño, o en su defecto, a instancia del Síndico Procurador, como protector de esclavos, si el exceso no es de aquellos que interesen a la vindicta publica, o de oficio, si fuere de esta última clase.

Artículo 44. El dueño, encargado o dependiente de la finca que deje de cumplir o infrinja cualquiera de las disposición contenidas en este reglamento incurrirá por la primera vez en la mulla de veinte a cincuenta pesos, por la segunda de cuarenta a ciento, y por la tercera de ochenta a doscientos, según la mayor o menor importancia del artículo infringido.

Artículo 45. Las multas serán satisfechas por el dueño de la finca o persona que fuere culpable de la omisión o infracción, y en caso de no poderlas satisfacer, por falta de numerario, sufrirá un día de cárcel por cada peso de lo que importa la multa.

Artículo 46. Si las faltas de los dueños o encargados de regir la esclavitud en las fincas fueren por exceso en las penas correccionales, causando a los esclavos contusiones graves, heridas o mutilación de miembro, u otro daño mayor, además de las multas pecuniarias citadas, se procederá criminalmente contra el que hubiere causado el daño, a instancia del Síndico Procurador o de oficio, para imponer Ia pena correspondiente al delito cometido, y se obligará al dueño a vender el esclavo si hubiere quedado útil para el trabajo, o a darle la libertad, si quedase inhábil, y contribuirle con la cuota diaria que señalase la justicia para manutención y vestuario mientras viva el esclavo, pagadera por meses adelantados.

Artículo 47. Las multas se aplicarán en esta forma; una tercera parte de su importe a la justicia o pedáneo que las imponga, y las dos restantes al fondo que ha de formarse en el gobierno político de cada distrito para los casos de que trata el artículo 38, a cuyo fin se entregarán bajo recibo a la secretaría de aquél.

Artículo 48. Los tenientes de gobernador, justicias y pedáneos cuidarán de la puntual observancia de este reglamento, y de sus omisiones o excesos serán inevitablemente responsables.

La Habana, 14 de noviembre de 1842

Del encuentro de tres razas en este mundo nuestro, salieron las castas, que las preocupaciones sociales clasificaron minuciosamente, de las cuales se ocupó más de una vez el legislador. He aquí, una de estas antiguas clasificaciones:

Español con india, sale mestizo

Mestizo con española, sale castizo

Castizo con española, sale español

Español con negra, sale mulato

Mulato con española, sale morisco

Morisco con española, sale chino

Chino con india sale salta tras

Salta atrás con mulato sale lobo

Salta atrás con india, sale chino

Chino con mulata, sale lobo

Lobo con mulata, sale jíbaro

Jíbaro con india, sale albarrazado

Albarrazado con negra, sale cambujo

Cambujo con india, sale zambaigo

Zambaigo con mulata, sale calpán mulato

Calpán mulato con Zambaigo, sale tente en el aire

Tente en el aire con mulata, sale no te entiendo

No te entiendo con india, sale torna atrás

De indígena con negra sale zambo

De negro con zamba sale zambo prieto

De español con morisca sale albino

De albino con blanca sale salta atrás o saltapatras

De indigena con mestizo sale coyote (También se denomina cholo)

De mulato con indigena sale chino

De español con coyote sale harnizo

De coyote con indigena sale chamizo

De chino con indigena sale cambujo

De salta atrás con mulato sale lobo

De lobo con china sale gílvaro

De gílvaro con mulata sale albarazado

De albarazado con negra sale cambujo

De cambujo con indigena sale sambaigo

De sambaigo con loba sale campamulato

De campamulato con cambuja sale tente en el aire

En un congreso internacional que tuvo lugar  en Viena (1815), Inglaterra presionó a España para terminar la trata de esclavos, y en 1817 los dos países firmaron un documento donde manifestaban finalizar dicho comercio en 1820. Este documento firmado fue simplemente puro papel, pues como hemos visto, desde esa fecha hasta el último barco cargado de esclavos (1867), entraron en cuba más de 600.000.

A pesar de que el tratado firmado por España e Inglaterra no se cumplió, valió algo para que en 1842, el representante de la corona en Cuba, el gobernador capitán general Gerónimo Valdés, firmara un reglamento mejorando las condiciones del esclavo. De este documento se desprende a simple vista, la crueldad a que eran sometidos los esclavos por muchos amos.

El 4 julio 1870 se aprobó una ley que fue presentada por el Ministro de Ultramar Segismundo Moret y Prendergast, en la cual se aparentaba terminar con la esclavitud, pero que en sí era una burla, una inmoralidad, pues eran libres los que nacieran a partir de esa fecha y los ancianos entre otros que el documento especificaba.

El 13 de febrero de 1880, las cortes aprobaron supuestamente la Ley de Abolición de la esclavitud en Cuba, la cual fue rubricada por el Rey Alfonso XII. Decimos supuestamente, pues esta ley llamada popularmente “Patronatos”, hacia que la esclavitud continuara por muchos años en Cuba.

Vale señalar que para este año de 1880, la mayoría de los países de América habían abolido totalmente la esclavitud, y que las conspiraciones en Cuba desde mediados del siglo, las invasiones de Narciso López, el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, entre otros hechos relevantes para ver a Cuba libre, ejercían fuerte presión sobre la metrópoli.

A la muerte del Rey Alfonso XII el 26 de noviembre de 1885, ocupó la corona su esposa María Cristina de Habsburgo, ya que de la unión de ambos el futuro Rey de España Alfonso XIII aún no había nacido. La Reina Regente María Cristina en 1886 firmó una Orden Real poniendo fin a los Patronatos, y terminando así la ignominiosa esclavitud en Cuba.


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