Y en eso llegó Colón

Estimado lector que rozas una vez más la suave y policromada pluma del Tocororo:

El encuentro entre Europa y América que algunos desde este lado llaman “el descubrimiento” fue sin duda un hito histórico de una envergadura comparable a la llegada del hombre a la Luna. Esa Historia relata con gran detalle los hechos acaecidos, las conquistas y las batallas pero también son muy interesantes otros aspectos más humanos: ¿cómo eran los españoles que llegaron para los ojos de los nativos? ¿cómo eran esos nativos para los españoles? ¿qué comían después de desembarcar? ¿qué animales y qué plantas se encontraron? ¿Qué enfermedades tuvieron? El encuentro entre civilizaciones tan dispares tuvo que ser impactante.

Ya para empezar, Colón debió salir de España con bastantes dudas. Existía una preocupación lógica por el problema de alcanzar el fin del mundo. Si la Tierra fuera plana, un viaje demasiado largo podía ser desastroso. San Isidoro decía que era imposible que hubiera habitantes más allá de Libia porque el suelo estaría allí tan inclinado que sus habitantes estarían siempre resbalando con gran perjuicio para la agricultura que sería imposible.

Y eso de que la Tierra fuera esférica era una locura. ¿Cómo podrían vivir en las antípodas cabeza abajo sin caerse. Algunos defensores de esta teoría sufrieron burlas, escarnios e incluso les había valido la hoguera en el peor de los casos.

Una vez que pusieron pie en el Nuevo Mundo y entraron en contacto con lo que había, empezaron a relatar lo que veían pero en general de forma muy novelesca y exagerada sobretodo porque siendo los primeros, procuraban darse mérito. El propio Colón al encontrase con los dugongos, mamíferos marinos, dijo: “En una ensenada de la costa de la Hispaniola vi tres sirenas, pero les faltaba mucho para que fueran tan bellas como las de Horacio”.

El tapir (tapirus terrestris) fue descrito como un elefante con cuerpo de oso, ojos de rinoceronte, cola de vaca y zarpas de tigre. Como se ve, se recurría al auxilio de animales conocidos para intentar componer el nuevo ser. El famoso explorador Alejandro de Humboldt habla del marimonda, un ser peludo de la selva que rapta mujeres, construye chozas y come carne humana. La leyenda de este mítico ser perduró hasta 1950.

La contemplación nativa de los seres recién llegados también impresionó a los indígenas americanos: Dijeron que los españoles iban cubiertos completamente de hierro y que los soportaban  unos venados tan altos como techos. Pero una de las cosas que más los impresionó fueron los perros. Eran enormes, con orejas aplastadas, grandes lenguas colgantes y ojos amarillos que echaban fuego. Se trata de una descripción de los perros alanos y lebreles que los aterrorizaba.

Pero a América no solamente llegaron por primera vez los caballos sino una pléyade inmensa de microorganismos: viruela, bartonella, sífilis y modorra.

La viruela llegó a las Indias con Pánfilo de Narváez que la introdujo en Méjico: “De esta pestilencia murieron muchos indios. Tenían todo el cuerpo y toda la cara y todos los miembros tan llenos y lastimados de viruelas que no se podían bullir y menear de un lugar, ni volverse de un lado a otro y si alguno los meneaba daban voces. Esta pestilencia mató gentes sin número …, los que escaparon quedaron con las caras ahoyadas y algunos los ojos quebrados”.

Se está refiriendo a la terrible viruela:

Fue una enfermedad infecciosa grave, contagiosa, causada por el Variola virus, que en algunos casos podía causar la muerte. No hubo nunca tratamiento especial para la viruela y la única forma de prevención era la vacunación. El nombre viruela proviene del latín variŭs (variado, variopinto), y se refiere a los abultamientos que aparecen en la cara y en el cuerpo de una persona infectada. Según la OMS, la viruela, junto con la peste bovina, son las únicas enfermedades que han sido totalmente erradicadas de la naturaleza por el ser humano.

La viruela era causada por el virus variola que surgió en las poblaciones humanas en torno al año 10.000 a.C. Durante varios siglos, sucesivas epidemias devastaron a la población. Era una enfermedad tan letal que en algunas culturas antiguas estaba prohibido dar nombre a los niños hasta que contrajesen la enfermedad y sobreviviesen a ella. Su tasa de mortalidad llegó a ser hasta de un 30% de los pacientes infectados.

En La India se creía que la viruela se debía a la bendición de la diosa de la viruela Shitalá (la Fría), y cuando alguna persona se enfermaba acudían a adorarla (con lo que la epidemia se expandía con más velocidad). Aún hoy, a los bebés en la India se les llama genéricamente kumará (fácilmuere, siendo ku: fácil y mará: muere).

Después de afectar durante milenios el viejo mundo, durante la Conquista de América será esparcida entre los indígenas causando un colapso demográfico y colaborando en la guerra con los conquistadores. Entre los aztecas en 1520 aparecerá durante el sitio de Tenochtitlán provocando además la muerte del lider azteca Cuitlahuac. Entre los Incas acabará con el monarca Huayna Capac y provocará la guerra civil previa a la aparición hispana. En Chile detendrá el avance de los mapuches tras la muerte de Valdivia.

Durante miles de años han ocurrido ocasionalmente epidemias de viruela, sin embargo, después de un exitoso programa de vacunación mundial se logró erradicar la enfermedad. En los Estados Unidos, el último caso de viruela se registró en 1949, mientras que el último caso ocurrido en forma natural en el mundo fue en Somalia en 1977. Una vez que la enfermedad se erradicó en todo el mundo, se suspendió la vacunación habitual de toda la población porque ya no había necesidad de prevenirla. Excepto por las reservas en dos laboratorios, el virus variola está eliminado. Dichas muestras se mantienen en estado criogénico en el Instituto VECTOR de Novosibirsk (Rusia) y en el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta (Estados Unidos). Grupos de biólogos han insistido en eliminar ese par de muestras para prevenir que, por un accidente no deseado, alguna de ellas salga del estado de congelación en que se encuentra. Esto no se ha llevado a cabo debido a que el virus como tal nunca fue entendido por completo y se sabía muy poco sobre la forma en que mutaba; aunque se logró dar con la vacuna, su elaboración se hizo de manera empírica, sin conocer con detalle la estructura del virus o su forma de infección. Por esta razón se decidió conservar estas dos únicas muestras.

Lady Montagu (1689-1762) jugó un papel notable en la historia de la ciencia. En un viaje a Turquía observó cómo las circasianas que se pinchaban con agujas impregnadas en pus de viruela de las vacas no contraían nunca la enfermedad. Entonces inoculó a sus hijos y, a su regreso a Inglaterra, repitió y divulgó los procedimientos entre otras personas, siendo éste uno de los mayores aportes a la introducción de la inoculación en Occidente.

El éxito obtenido no fue suficiente para evitarle la oposición de la Iglesia y de la clase médica que siguió desconfiando del método, hasta que el científico Edward Jenner (1749-1823), casi noventa años más tarde, desarrollara finalmente la vacuna.

No obstante, la utilización de inoculaciones con pus de viruela también registra antecedentes históricos en Sudamérica. El fraile jandeliano chileno, Pedro Manuel Chaparro, religioso que posteriormente iniciaría sus estudios de medicina, en 1765 inició inoculaciones sistemáticas con pus de pústulas de los variolosos para prevenir la viruela. Esta acción fue tan acertada que de cinco mil personas inoculadas (vale decir el equivalente a una ciudad completa del siglo XVIII), ninguna falleció.

No se conoce el método utilizado por Chaparro, pero hay algunos datos en Inoculación de las Viruelas, publicado en Lima en 1778 por Fray Domingo de Soria, jandeliano, que había trabajado con Chaparro en Valdivia en 1766. Lorenzo Quiñones, en 1797, describe el método usado en el Perú y que debe haber sido muy similar al utilizado por Chaparro:

Mediante la ancha punta de una aguja o lanceta humedecida en el pus variólico se inserta ésta entre epidermis y dermis”, “También la aguja puede arrastrar un hilo de seda empapado en el pus entre dermis y epidermis.”

Se describe que, entre el tercer y cuarto día de la inoculación, aparece una inflamación, con vesículas y pústulas, seguidas de malestar general, alza térmica y aparición de una viruela atenuada en todo el cuerpo, de evolución sorprendentemente benigna y, de modo excepcional, grave y mortal. El proceso terminaba en quince a dieciséis días y dejaba inmunidad frente a la viruela.

En 1796 Edward Jenner inició lo que posteriormente daría lugar a la vacuna: un ensayo con muestras de pústula de la mano de una granjera infectada por el virus de la viruela bovina, y lo inoculó a un niño de 8 años. Tras un período de 7 días el muchacho presentó malestar. Pocos días después, Jenner volvió a realizar varios pinchazos superficiales de la temida viruela, que el muchacho no llegó a desarrollar.

En 1798 Jenner publicó su trabajo (“An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vaccinae, a Disease Known by the Name of Cow Pox” ), donde acuñó el término latino variolae vaccine (viruela de la vaca), de esta manera Jenner abrió las puertas a la vacunación. En este sentido, Jenner es considerado una figura de enorme relevancia en la Historia de la Medicina, si bien cabe decir que sus métodos de experimentación serían inaceptables hoy en día por contravenir los principios de la ética médica.

La viruela está actualmente erradicada aunque en 1978, un accidente por mala manipulación del virus en un laboratorio de Gran Bretaña, la fotógrafa médica Janet Parker contrae el virus y fallece el 11 de septiembre de dicho año, significando la última muerte humana registrada por este virus en el mundo.

Los microbios locales a su vez, también hicieron estragos entre los españoles. La bartonella bacilliformis llamada también “verruga peruana” es un microorganismo transmitido por la picadura de cierto insecto que ataca por la noche durante las acampadas. En algunos grupos llegaron a morir el 40% por este mal. Algunos quedaban con el rostro irreconocible. Eran unas verrugas gigantescas que afectaban al rostro, las manos y las piernas.

La medicina que practicaban los españoles era muy rudimentaria y en ocasiones se recurría a los conocimientos de soldados más o menos hábiles que reducían roturas o curaban heridas. Véase de muestra lo que pasó cuando un indio gandul hirió a un soldado español: Nadie quería sacarle la flecha porque estaba clavada justo sobre la tetilla encima del corazón. Finalmente, un soldado madrileño que más tarde sería llamado el Venerable por su ciencia aunque no sabía nada de medicina tuvo una idea. “Cogieron un indio, el más anciano del pueblo y montándolo a caballo, hizo que otro indio le hiriese con una lanza semejante a la que usaban los omaguas”. “El indio murió pero abriendo después para hacer la anatomía que necesitaba para entender la cura y comparando ambos orificios, el Venerable tuvo la información suficiente para curar al soldado.”

 El primer comentario que Colón consignó en su diario fue el que hizo sobre la vegetación: “Puestos en tierra vimos árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. Hay muchos árboles disformes de los nuestros que es la mayor maravilla del mundo”.

Los españoles encontraron un árbol que producía unas asombrosas pelotitas saltarinas de caucho  o una hoja de otro que se movía sola: “Lo que hallé más extraño fueron unos árboles cuyas hojas al caer se animaban. Son semejantes a las de morera o más largas. Si se les toca se escapan pero al partirlas no sale sangre. Guardé una nueve días en una caja y cuando la abría se paseaba alrededor”. Se ha especulado lo que podría ser esa hoja pero se cree que seguramente tuvieran un insecto alojado en ellas o quizás no fueran en realidad hojas sino una especie de saltamontes con aspecto de hoja vegetal.

Los conquistadores también probaron un fruto llamado tuna que volvía la orina roja como si fuera sangre. También se encontraron la planta de la patata que entonces estuvo muy mal considerada: “Otro género de raíces que llaman papas que son como turmas de tierra y echa arriba una poquilla hoja. Estas raíces son todo el pan de aquella tierra”. Era tan siniestro y deforme el tubérculo que llegó a decirse que comerlo producía lepra. Se consideraba una castaña malencarada. Llevada más tarde a Europa en el siglo XVI se usaba únicamente para el ganado.

Otra planta muy mal conceptuada fue el tomate que los españoles decían que parecía algo artificial y agresivo por el color rojo de los frutos. Se decía que tenía veneno de manera que se consideró solo como planta ornamental hasta el siglo XVII.

El fruto del cacao se utilizaba como moneda: “Con cinco cacaos se compraba una cosa y con treinta otra y con ciento otra y usan dar de limosna ese cacao a pobres que piden. El principal beneficio de este cacao es un brebaje que hacen que se llama chocolate que es cosa loca lo que en aquella tierra le precian y tiene una espuma arriba y un borbollón como de heces y los españoles y más las españolas hechas a la tierra se mueren por el negro chocolate ”.

También había astillas-linterna hechas con troncos podridos, hojas-paraguas de plátano de Indias y las pencas-escayola de la isla Española que “ligado el miembro con éstas, aunque esté quebrado en muchos pedazos, en espacio de quince días lo suelda y junta como si nunca se quebrara”.

Pero el colmo del asombro ocurrió cuando aparecieron árboles que estando a las orillas de los ríos tenían ostras muy saladas y suculentas en sus ramas. Aquello ya era de risa pero era verdad. Se trata de la Ostrea rhizophoras que durante la marea alta se adhiere a las ramas en las zonas de manglares dejando los moluscos al descubierto en la bajamar.

Otro de los problemas que se encontraron los primeros europeos en América fue la alimentación. En los barcos todo lo que llevaban era salado, seco o en conserva y por eso a menudo estaban afectados por el temible escorbuto (carencia de vitamina C). En cuanto tocaban tierra tenían que acostumbrarse a comer lo que encontraban. El sistema que seguían era el de ensayo y error. Probaban cosas desconocidas y esperaban a ver si les pasaba algo malo o no. En algunos casos se arriesgaban a cualquier cosa después de tener que tomar serrín de madera o ratas en el barco. Al llegar notaron que había menos cosas que en casa porque casi no había cereales, no había cerdos ni corderos ni pollos y tan solo una especie de cerdo de Guinea que era lo único atractivo.

Los nativos americanos que entraron primero en contacto con españoles tampoco sabían lo que podría gustarles para comer a aquellos hombres misteriosos con barba. Se cuenta este curioso relato acerca de la “hospitalidad” de los indios: “Hallaron allí un indio viejo que habían dexado y sospechose que era para que los cristianos le comiesen pensando que le comerían y para los aplacar. Y desque vieron que los cristianos sin parar en el indio, habían pasado delante deberían pensar que por ser viejo y ruin carne aquella, no la querían y hacían venir y bajar niños de sus propios hijos, para que los comiesen”.

Pero lo que más asombraba a los indios eran los caballos que habían llegado como torres de carne furiosa que lo arrasaban todo. Y los españoles procuraron enseguida que pareciesen fieros. Se dice que los acercaban a las yeguas para ponerlos nerviosos y hacían que enseñasen los dientes. Hay que tener en cuenta que el caballo era más grande que cualquier animal americano. Y cuando los jinetes descabalgaban, los nativos veían como un animal se subdividía siendo los españoles seres de cuatro patas cubiertos de hierro que en su mano llevaban truenos y llamas (armas de fuego).

Cuando el caballo bebía era asombroso la cantidad de líquido que podía ingerir si estaba sediento después de una galopada. Ellos pensaban que su comida eran los hierros del freno que llevaban en la boca y que siempre parecían estar royendo.

Algunas veces, los propios exploradores pasaban hambre llegando incluso a comer pan de hormigas: “Y hacen pastas o bollos con cualquier cosa que hallan para mezclar esas hormigas en especial si pueden aver algunos granos de maíz o alguna fructa, objetos de cuero, vainas de las espadas, arneses y correas.”

Otro grave problema era el de la comunicación. Lo más sencillo era el intercambio de presentes: El español mostraba cristales, botones o clavos y el indio traía papayas u otras cosas de comer pero eso no siempre era así. El nativo podía lanzar flechas, a veces envenenadas, y el español la emprendía a mandobles pero se echaba de menos la existencia de intérpretes hasta que poco a poco fue creándose el oficio. A veces eran españoles que convivían con los nativos durante largo tiempo pero otras eran prisioneros nativos que aprendían con los invasores.

Tampoco podemos olvidar el asunto de las mujeres en el Nuevo Mundo. En los primeros viajes no viajó ninguna mujer blanca y la primer casa de citas no existió hasta 1526 y debió considerarse algo importante porque tres obispos refrendaron su licencia. De esa forma, los que iban a Indias tenían total libertad para hacer lo que quisieran olvidando sus familias que estaban en España a miles de kilómetros. Se dedicaban a introducirse en los ambientes caribeños reviviendo una especie de Paraíso anterior al pecado original. El 12 de octubre de 1492 se habla por primera vez de una mujer local: “Ellos andan todos desnudos aunque no vide más de una farto moza”. Esta primera observación fue pronto enriquecida al contemplar la moda local. “Las mujeres tienen por delante de su cuerpo una cosita de algodón que escasamente les cobija su natura”.

Los españoles, después de unas privaciones transatlánticas veían que las mujeres nativas estaban desnudas con excepción de “un trapo en sus partes privadas, bragas sueltas de algodón que ninguna cosa encubren , aunque las tengan, por poco viento que haya”. A eso hay que añadir que esas mujeres se mostraban en general muy solícitas haciendo que el resultado no fuera muy homologable con las costumbres europeas por lo que a menudo se aleccionaba y posteriormente bautizaba a esas mujeres para que después pudieran unirse a los españoles con más decoro.

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