Brindis de Salas. El Paganini negro

Dedicado a la memoria de mi padre, formidable melómano que me inculcó desde pequeño el gusto por la música. Él me enseñó su método mnemotécnico de recordar los títulos de las melodías poniéndoles un poco de letra y cantándolas. Ejemplo: “Concierto de Mendelsohn, Concierto en MI menor ….”. Cada vez que lo oigo, me acuerdo de él.

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Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido nació en la calle Águila nº 822 de La Habana,  en 1852 y falleció en Buenos aires, Argentina el 1 de junio de 1911. Músico y violinista cubano, es conocido como el Paganini negro y  fue considerado el mejor violinista de su época.

Brindis de Salas como es más conocido, nació en el seno de una familia de músicos. Su padre Claudio Brindis de Salas, nacido en La Habana el 30 de octubre de 1800 fue violinista y contrabajista que formó parte de una orquesta llamada La Concha de Oro, muy popular en los salones de bailes habaneros.

Una de las primeras influencias musicales que recibe Brindis de Salas proviene del mismo seno familiar que, aunque perteneciente a la raza negra, gozó plenamente de ciertos privilegios que le permitieron un enorme acercamiento a los medios culturales de la época, casi prohibidos a los negros. Esto obedecía a que a través de varias generaciones, los integrantes del núcleo familiar, tanto por la línea materna como la paterna, habían tenido una estrecha vinculación con los cuerpos militares españoles.

Su abuelo Luis Brindis, sargento primero del Real cuerpo de artillería se preocupó por obtener un mecenazgo para su hijo entre las familias pudientes de La Habana, que lo apoyaron y financiaron sus estudios.

Brindis de Salas comenzó desde muy temprana edad sus estudios de violín bajo la batuta de su padre, quien con mucho esmero, de padre y maestro, cultivó sus excepcionales dotes. El Liceo de La Habana fue escenario del primer acontecimiento artístico de relevante importancia en la vida de Brindis, el viernes 18 de diciembre de 1863, cuando contaba el niño once primaveras. En este concierto tomó parte, entre otros, el eminente pianista cubano Ignacio Cervantes. El pequeño interpretó: Aire variado, de H. Berlioz, Fantasía sobre motivos de El Tirador, de J.D. Alard, y Variaciones, sobre un tema del maestro Rodolfo, esta última compuesta por el propio intérprete, primer trabajo  creado por él a la edad de ocho años: la danza “La Simpatizadora”.

Su presentación fue el primer eslabón de toda una larga y contínua cadena de éxitos, cosechados durante su fructífera vida de intérprete, constituyendo una muestra evidente de la confianza que en su talento tuvieron músicos de la estirpe del laureado pianista Ignacio Cervantes, con quien compartió el programa aquel día del año 1863.

La sólida formación del maestro Brindis de Salas se afianzó bajo la celosa dirección de su padre. Recibe el caudal de conocimientos del destacado maestro José Redondo y más tarde el apoyo del experimentado Van der Gutch, quien le proporcionaría la guía efectiva y segura que lo situaría en 1869 en Las puertas del Conservatorio de París, que gozaba de la más alta y merecida reputación a nivel internacional por su larga y sólida tradición en la formación de los más virtuosos de la época.

A su llega a la capital francesa, en la segunda mitad del siglo XIX, enfrenta la consolidación de una escuela que, partiendo de Pierre Gaviniés y Viotti, se materializó y desarrolló en las figuras de Rudolph Kreutzer, Pierre Baillot, durante la primera mitad del siglo. Es la época en que coexisten un número importante de intérpretes de las más variadas tendencias y latitudes.
Ya en París, Brindis forma parte de la clase del eminente violinista Camilo Ernesto Sivori, alumno de Nicolo Paganini y sólido representante del arte virtuosístico romántico de la primera mitad del siglo, con quien perfecciona los vastos recursos interpretativos que caracterizaban su ejecución. Salas había llegado a la Ciudad de la Luz con toda una técnica desarrollada y con un ímpetu que caracterizaban la ejecución de cada pieza musical. Poco a poco perfiló un estilo propio al que añadió elegancia y una amplísima gama de recursos gracias a la guía de los grandes maestros franceses, lo que le permitió alcanzar en un plazo breve una alta distinción entre los músicos.

En 1870 ganó el primer premio de violín en el Conservatorio de París y luego de terminar sus estudios con el maestro David inició una brillante y vertiginosa carrera de concertista. Entre los años 1871 y 1911, recorrió los principales centros culturales del mundo despertando invariablemente el mayor entusiasmo del público y de la crítica en general.

El diario “Le Temps” decía que nadie como Brindis de Salas, sabía apoderarse de su auditorio y dominarlo tan completamente. Por otra parte en Florencia el “Courriere Italiano” decía: “El joven negro maravilló y llenó de entusiasmo al auditorio: es violinista de actividad admirable, tiene un portamento de arco ligerísimo y al mismo tiempo una energía que lleva impreso el ímpetu, característico de su raza. Siente, y siente con una pasión que le chispea en las pupilas, que son de una expresión electrizante“. Los rasgos característicos de Brindis de Salas en Europa se hicieron patentes desde sus primeras presentaciones. No fueron pocos los críticos que hicieron alusión a su extraordinario dominio del auditorio, al constante entusiasmo que siempre provocó su interpretación, a su buen gusto, pureza de virtuosismo y entonación. Siempre contó en cada presentación con la aceptación de su público y de la crítica en general.

Después de siete años de contínuas presentaciones en Europa, Brindis regresa a América en 1875, esta vez con el título honorífico de Director del Conservatorio de Haití, recorre América Central y Venezuela. Caracas le abre sus puertas en 1876. De su extensa actividad artística en esta ciudad de Suramérica dijo el compositor y musicólogo Rházes Hernández López:

Si Brindis de Salas fue una figura en los históricos Conciertos de Pasdeloup (1819-1887) -fundados precisamente por Julio Pasdeloup, gran director de orquesta- donde el genial cubano hacía de solista, y si, al lado de la Patti (Adelina) se presenta como alta figura artística; si Mazzucato le dirige en Milán, en el regio teatro de Turín y en la Fenice de Génova; si en Berlín el más agresivo crítico le llama “el rey de las octavas”, si el crítico parisiense Oscar Commentant, celebrada figura de la prensa, se extasía ante el notable virtuoso y escribe que “el violín fue creado para él”, si Leonard, gran maestro del arco, Charles Dancla y David lo aclaman, a pesar de tratarse de un músico negro de estas latitudes y se admiran de este gran concertista, fue porque en realidad lo fue”.

En 1877 Brindis regresa a la Habana tras una ausencia de 8 años, se presenta en Los teatros habaneros Tacón y Payret, donde dio el 24 de noviembre de ese año un exitoso concierto. Seis días más tarde tocó en el prestigioso salón de los altos del restaurante El Louvre acompañado por su antiguo maestro, José Vander Gucht. Posteriormente realizó una gira nacional que le aseguró su gran triunfo en Cuba. En los programas, Brindis incluía obras del maestro José White, especialmente aquellas que tenían un contenido más nacional o latinoamericano, como son los casos de “boleros”, La bella cubana y la difícil “Zamacueca”, esta última compuesta por White durante su estancia en Chile, basado en motivos populares de este país. Además incorporó a su repertorio obras como Danza Colombiana, de Morales Pino. Esta visita a La Habana fue para el joven Brindis de Salas más que un éxito musical un éxito social y personal, porque se vio admirado y respetado por lo más ilustre de aquella sociedad estamental todavía esclavista. Cuando el conductor de un tren pretendió echarle de un vagón de primera clase (vedado a los afrocubanos por las leyes segregacionistas abolidas dos años más tarde) los otros pasajeros se opusieron a ello argumentando que se trataba nada menos que del gran artista Brindis de Salas.

 El día 4 de marzo de 1878, Brindis de Salas decide embarcar para tierras aztecas con el objetivo de ofrecer, el 21 del propio mes, un concierto en Veracruz. La capital azteca lo recibe con ardor, lo hace objeto de grandes demostraciones de admiración; el Casino Español lo festeja con un acto brillantísimo. Cada presentación constituye un acontecimiento sin precedentes.

Su carrera de conciertos lo llevó a México y a Buenos Aires, donde tuvo uno de los mayores éxitos de su vida. En 1889 volvió a Europa, en la cual invariablemente obtenía gran éxito popular, aunque la crítica musical no le era siempre favorable y repetidamente se quejaba de su énfasis en pasajes de difícil ejecución y de su repertorio efectista. Pero hasta los más críticos de los críticos reconocían su dominio del público, que lo ovacionaba con pasión. En The Musical Times (Londres) del 10 de abril de 1885 leemos en la reseña de un concierto suyo en Darmstadt (Alemania) que “Brindis de Salas es un violinista con grandes recursos técnicos, pero un virtuoso más que un artista“, y que el programa había sido en su mayor parte efectista. La crítica de su repertorio es confirmada por reseñas favorables que describen lo que tocaba, como la de un concierto del 10 de noviembre de 1895 en Santo Domingo, publicada por el Listín Diario de esa ciudad. No comprendían esos críticos de música del último cuarto del siglo XIX que Brindis de Salas había aprendido de Sivori no solamente la técnica sino también la gesticulación romántica que había hecho popular a Nicolás Paganini a principios de ese siglo.

Brindis de Salas recibió condecoraciones de varios monarcas europeos (la Cruz de Carlos III del rey de España, la Orden del Cristo del rey de Portugal y la Cruz del Águila Negra del Emperador de Alemania) y fue nombrado Caballero de la Legión de Honor por la República de Francia. Relacionada con esta última hay una anécdota triste de su visita a La Habana en 1886. Cuenta Nicolás Guillén que a la salida de uno de sus memorables conciertos, Brindis de Salas entró con varios amigos blancos en uno de los cafés más exclusivos y al pedir cada quien lo que tomaría, cuando lo hizo él, el dependiente, que no le conocía, le respondió: “Yo no sirvo sino a los caballeros, no a los negros“. Brindis se irguió y ya en pie se llevó la mano a la solapa del frac y señalando un botón rojo que llevaba en ella exclamó: “¡Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor y no hay aquí tal vez ninguno que pueda decir lo mismo!“. Y a pesar de que el dependiente, advertido de quien era, trató de excusarse, abandonó aquel café. Poco después era publicada una circular del gobernador de Cuba indicando que todos los ciudadanos españoles (lo cual eran los afrocubanos), independientemente del color de su piel, tenían derecho a ser atendidos en locales públicos.

Donde más éxito tuvo fue en Alemania. El emperador Guillermo II no solamente lo condecoró, sino que además le hizo barón del imperio alemán y le nombró violinista de su corte. Cuando Brindis de Salas se casó con una dama de la hidalguía alemana, este emperador honró la ceremonia con su presencia. Parecía que iba a seguir los pasos de Lico Jiménez, al casarse y tener tres hijos en Alemania, pero no fue así. Brindis de Salas quiso continuar su carrera de concertista trotamundos y su mujer le pidió el divorcio. En 1900 dio una gira de conciertos en Cuba que resultó un fracaso.

Su fuerte e incontrolable personalidad derivó en nefastas consecuencias para su vida. En Alemania perdió la relación con su esposa y sus tres hijos, que siguiendo la tradición familiar también fueron violinistas y la inconsistencia para mantener la superación generó una evidente declinación de su genio artístico. Así, los excesos de su temperamento exaltado, espoleados por la gloria, socavaron su salud: la tuberculosis y la miseria lo invadieron. Su declive se evidenció en su último concierto realizado en el Teatro Espinel de España.

Entre los años 1903-1905 el rey de las octavas busca refugio en las cálidas tierras americanas. Un poco más pobre, cada vez más modesto en apariencia y más carcomida el alma de ansias de libertad artística, tomó parte en Pinar del Río en una velada familiar, acompañado al piano por Pedro Rubio, quien estuvo con él en una gira por Europa. Tan inolvidable acontecimiento quedó guardado en los días del año 1903. Poco después salió para Buenos Aires, donde había tenido grandes éxitos.

Brindis quiso intentar nuevamente la fórmula que antes le dio tan buenos resultados. Llegó a Buenos Aires, sin anunciarse por segunda y última vez, a bordo del vapor Patricio de Satrústegui el 25 de mayo de 1911. Venía de España donde había dado su último concierto en el teatro Espinal, en Ronda. El genial Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, apodado por los italianos El Paganini Negro llegó a la ciudad sudamericana después de veinte años de ausencia, venía solo, deshecho y tísico.

Se hospedó en una pobre posada de la calle Sarmiento en el número 357 sin decir a nadie su nombre. Estuvo allí durante dos días y errante hasta el fin, se mudó después a otra tan pobre como la primera. Era la posada Re dei vini, en el Paseo de Julio 294. De ella salió en coma el 31 de mayo rumbo a la Asistencia Pública. Para atenderle, tuvieron que quitarle los harapos que vestía, y debajo, como última prenda de orgullo, encontraron un corsé mugriento. En los bolsillos había un pasaporte alemán y un programa de concierto (recortes de periódicos reseñando sus éxitos del pasado en Buenos Aires). El pasaporte decía: Caballero de Brindis, Barón de Salas. El portador murió en la madrugada del 2 de junio de 1911. Sus restos fueron depositados en una fosa de pobres en el Cementerio del Oeste gracias a la generosidad de algunas personas que se sintieron en el deber de honrar los lauros de tan magnífico artista. Pero su alma peregrina no se iba a detener aún.

Su nombre volvería a la palestra seis años después. La Dirección de la necrópolis que había acogido sus restos anunció que, ajustándose a las normas, se vería en la necesidad de arrojar los despojos del Paganini Negro al osario común. La prensa y las fuerzas vivas de Buenos Aires reaccionaron de inmediato. El día 11 de junio de 1917, el diario bonaerense La Razón, bajo el título de: Brindis de Salas al osario común, publicó: “Es muy triste cosa que la posteridad no sepa dónde descansan los restos mortales de uno de los más excelsos artistas, de los más privilegiados temperamentos musicales y es triste cosa que lo hayamos abandonado así”. Estos pronunciamientos de la opinión pública argentina originaron todo un movimiento que consiguió que los restos descansaran en el mismo sitio hasta que el gobierno de la República de Cuba se hiciera cargo de ellos.

El 2 de junio de 1918, en el aniversario de su muerte, distinguidas personalidades de la vida política y cultural bonaerense, así como la colonia cubana residente en la ciudad, homenajearon al artista y sus despojos fueron cubiertos de flores. Su vida y obra fueron vueltas a elogiar. Doce años después en La Habana, el 26 de mayo de 1930, era bajada la urna conteniendo las cenizas del gran violinista. Luis Perlotti, el famoso escultor, modeló la pieza que luego fue fundida en bronce en el Arsenal de la Guerra de Buenos Aires. El mismo día 26 la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba se reunió en sesión solemne para honrar a Brindis de Salas y a la mañana siguiente fue depositada la urna cineraria en el Panteón de la Sociedad de Músicos Cubanos. Sin embargo, no sería aquella su última escala en el viaje sin fin del gran violinista. Años después, fue trasladada a la antigua Iglesia de Paula, en La Habana Vieja, donde por mucho tiempo permaneció empotrada, tras un cristal, en una de sus voluminosas paredes. La iglesia es ahora una sala de conciertos y allí, definitivamente, reposa el legendario artista.

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Una respuesta a Brindis de Salas. El Paganini negro

  1. Fernando José Hernández Nodarse. dijo:

    Es realmente maravilloso y a la vez emocionante la pulcritud conque se ha recopilado la vida de este grandioso violinista cubano. Gracias.

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