Weiler y Barton

Estimado lector que rozas la suave y policromada pluma del Tocororo: En primer lugar, el deseo de suerte y salud para todos durante el año 2014 y siguientes.

La historia de España está íntimamente ligada a la de Cuba, que era su colonia. En el proceso de independencia de la Isla hubo hechos verdaderamente lamentables como la injusta y crudelísima condena que sufrió Martí o el despiadado fusilamiento de los inocentes estudiantes de Medicina. (véanse otras entradas en este mismo blog).

Valeriano Weiler se suma a estas atrocidades haciéndose tristemente célebre por su extrema crueldad. Se dice que es el inventor o al menos el precursor de los campos de concentración anticipándose a los “concentration camps” donde los ingleses hacinaron a los böers a principios del siglo XX.Weiler

El bando español se emitió el 25 de octubre de 1896: “Todos los habitantes de las áreas rurales o fuera de la línea de fortificación de los poblados se reconcentrarán en el término de ocho días en los pueblos ocupados por las tropas”. Lo firmaba el gobernador de Cuba y general jefe del ejército, Valeriano Weyler, y a él debemos el concepto clave: “reconcentración”.

El caso de Valeriano Weyler está considerado en Cuba como uno de los episodios más oscuros del ejército español.

El 10 de febrero de 1896, una muchedumbre lo recibió con un entusiasmo nunca visto en La Habana. Los rebeldes cubanos habían avanzado hasta las mismas puertas de la capital y el general era la única posibilidad para recuperar la estabilidad y la paz perdida como nuevo jefe militar supremo de la colonia española. Su antecesor, el también general Arsenio Martínez Campos, había presentado su dimisión al presidente Cánovas, incapaz de salvaguardar la vida de los súbditos españoles en la isla, sus negocios y sus casas.

Arsenio había dicho: “Mi fracaso no puede ser mayor. El enemigo me ha roto todas las líneas, y las columnas quedan atrasadas. Las comunicaciones están cortadas. No hay fuerzas entre el enemigo y La Habana.arsenio martinez

Los rebeldes le habían ganado la partida a Martínez Campos, principalmente por haber sido capaces de actuar sin ningún escrúpulo dentro de lo que ellos calificaron la guerra total y que incluía la quema de cuanta cosecha, tierra o vivienda hallaban a su paso, sin importar si pertenecían a cubanos o a españoles. Los animales eran robados o sacrificados, los hombres reclutados en sus filas o asesinados si oponían resistencia y las mujeres y los niños abandonados a su suerte. Todo para despojar a los cubanos de cualquier propiedad y obligarles a luchar junto a ellos y no buscar el amparo de los soldados españoles.

Martínez Campos telegrafió a Cánovas anunciando su dimisión y, también por eso, recomendó el nombre de Valeriano Weyler para sustituirle porque sabía que era un hombre duro para una situación extrema.

La carrera de este general, nacido en la isla de Mallorca el 17 de septiembre de 1838 estaba plagada de distinciones. Antiguo gobernador de Canarias y Filipinas, ya era teniente segundo cuando terminó su instrucción en la academia de Toledo y capitán al finalizar sus estudios en la Escuela de Estado Mayor, donde fue el primero de su promoción.

Su escasa estatura, 1,52 metros, no le causaba ningún complejo. De hecho, sus compañeros de clase en Toledo le llamaban “Escipión”, en honor a la legendaria fuerza física que tenía el romano en su victoria sobre Aníbal durante  la Segunda Guerra Púnica. Weyler era un tradicionalista a ultranza y creía fervientemente en el Ejército como aglutinador de la conciencia nacional española.

En 1863 le tocó la Lotería Nacional, convirtiéndose en un hombre rico. Pudo haberse retirado plácidamente, sin embargo, acató su destino en la Republicana Dominicana para sofocar la revuelta que había estallado. Lo hizo recién repuesto de una fiebre amarilla que casi acabó con su vida, pero que también le dejó inmunizado para siempre. Cuando regresó a España en 1868 había logrado varias condecoraciones al valor militar, incluida la Cruz de San Fernando, la más alta distinción otorgada por el ejército español.weiler 1

Un año más tarde fue enviado a Cuba como jefe del Estado Mayor bajo el mando del general Blas Villate. Acababa de estallar la guerra de los Diez Años y su presencia en la isla era muy importante.

Fue precisamente en Cuba donde comenzó a granjearse su fama de soldado brutal. Blas Villate le ordenó organizar una columna de voluntarios y Weyler lo hizo en un tiempo récord, reclutando a los fanáticos proespañoles de La Habana. Bajo el nombre de los Cazadores de Valmaseda, estos hombres se convirtieron en una unidad muy temida, debido a la intensa campaña contraguerrillera que desempeñaron y en la que no se respetaba ninguna doctrina ni ley militar internacional o nacional.

A medida que avanzaba en sus objetivos, Weyler iba creando nuevas reglas amoldándose a la situación. La más polémica de todas fue ordenar a los lugareños abandonar las zonas en conflicto. Si no lo hacían dejaban de ser considerados civiles, quedando a merced de sus “cazadores”. (La misma táctica que un siglo después desplegarían los norteamericanos en Vietnam bajo el nombre de “zonas de fuego libre”). Esta guerra tuvo muchos paralelismos con la cubana, resaltando el apodo que tanto españoles como norteamericanos dieron a la selva, “el infierno verde”.

En su regreso a España Weyler participó en la lucha contra los carlistas de Valencia y de Cataluña, donde también se le acusó de destruir propiedades y matar a los no combatientes a sangre fría, actitud que provocó su destitución el 6 de agosto de 1875 por orden del rey Alfonso XII. Pero Weyler era una de esas personas que nadie quería cerca en los momentos de paz, pero era imprescindible en los de guerra, y en 1876 se le restituyó en su cargo.

En febrero de 1896 fue nombrado Capitán General de Cuba por Cánovas del Castillo y su mayor éxito fue la muerte en una escaramuza del lider rebelde, lugarteniente general Antonio Maceo, pero a pesar de esto los “mambises” cubanos estos siguieron siendo particularmente fuertes en el centro y el oriente de la isla, donde las largas campañas de verano destruyeron las fuerzas españolas al son de las enfermedades y las tácticas guerrilleras del general Máximo Gómez, jefe militar máximo de los independentista, para entonces Weyler ordenó el encierro forzoso a la población rural del occidente cubano en campos de reconcentración, hecho conocido en la historia como la Reconcentración de Weyler.

La proclama que daba inicio a la reconcentración decía:

1. Todos los habitantes de las zonas rurales o de las áreas exteriores a la línea de ciudades fortificadas, serán concentrados dentro de las ciudades ocupadas por las tropas en el plazo de ocho días. Todo aquel que desobedezca esta orden o que sea encontrado fuera de las zonas prescritas, será considerado rebelde y juzgado como tal.

2. Queda absolutamente prohibido, sin permiso de la autoridad militar del punto de partida, sacar productos alimenticios de las ciudades y trasladarlos a otras, por mar o por tierra. Los violadores de estas normas serán juzgados y condenados en calidad de colaboradores de los rebeldes.

3. Se ordena a los propietarios de cabezas de ganado que las conduzcan a las ciudades o sus alrededores, donde pueden recibir la protección adecuada.

El plan de Weyler, al alejar a los campesinos de sus tierras, tuvo como resultado la pérdida de las cosechas, provocando una hambruna generalizada, que unida a las enfermedades provocadas por las pésimas condiciones de salubridad en los campos, terminaron diezmando a la población. La situación se complicaba a medida que avanzaba la guerra. Los sufrimientos y calamidades aumentaban por la irregular forma de vida en barracones, almacenes o refugios abandonados, durmiendo en patios o a la intemperie, en condiciones higiénicas deplorables y sin acceso suficiente a alimentos.

Es difícil determinar con certeza la cantidad de personas reagrupadas como consecuencia de las órdenes dictadas por Weyler. Se estima que en diciembre de 1896 habría unos cuatrocientos mil cubanos no combatientes que se catalogaban como reconcentrados. Más difícil aún es establecer las cifras exactas de fallecidos, pero la propaganda antiespañola estima que entre 750.000 y 1.000.000 de cubanos murieron en los campos de concentración creados por Valeriano Weyler (imposible dado que la población de Cuba en 1895 era de 1.500.000 habitantes). Las fuentes más conservadoras establecen la cifra en algo más de 300.000. Aún antes de terminada la guerra cubana, los muertos caídos en el campo de batalla, por las enfermedades y la reconcentración decretada por Weyler, ascendían aproximadamente a la tercera parte de la población rural de Cuba.

La reconcentración acabó hacia marzo de 1898, en pro de la nueva política pacifista propiciada por el general Ramón Blanco y Erenas e impuesta por las circunstancias.

Sobre Cuba pesaba la enorme fatiga de casi cuatro años de lucha y el cansancio acumulado de la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita y la batalla cotidiana del exilio durante los quince años de paz preparando una nueva guerra. Sobre los campos cubanos desolados por la reconcentración ordenada por Valeriano Weyler se había llevado a cabo una lucha que agotó los recursos españoles, quienes a su vez dominaron todos los centros urbanos fundamentales, hasta la rendición de Santiago de Cuba.

España se había obligado a mantener sobre las armas a tantos soldados como hombres cubanos en edad militar. Miles de estos hombres pelearon en el campo con las tropas insurrectas que en continua movilidad evitaban todo encuentro frontal, ya que precisamente su objetivo era mantener dividido y disperso al ejército español. De esta forma la guerra se alargaba, paro no se exponía el triunfo cubano al resultado de una sola batalla contra un ejército cuyos jefes estaban formados en las modernas técnicas militares prusianas. El tiempo estaba a favor de la causa cubana.

La famosa frase de Cánovas del Castillo pronunciada poco antes de morir: “Hasta el último hombre, hasta la última peseta”, era una prueba de que hombres y pesetas se estaban agotando en España. La tardía concesión de la autonomía, no aceptada por los revolucionarios, y exiguamente impuesta en las ciudades, fue también muestra de la debilidad española. Naturalmente que librar una guerra de agotamiento exigía una altísima dosis de reciedumbre.Weiler 2

Weiler fue retirado de Cuba en octubre de 1897, cuando Sagasta sustituyó al asesinado Cánovas. Pero el mal ya estaba hecho, y la prensa norteamericana de Hearst y Pulitzer reclamaban a gritos la intervención en Cuba, presuntamente para acabar con la “matanza de civiles” aunque en realidad solo pretendían apoderarse de la Isla, ignorando la lucha de los independentistas cubanos.

Y en medio de esta triste historia, aparece Clara Barton, la fundadora de la Cruz Roja Americana que estuvo en febrero de 1898 en Cuba para ayudar a las víctimas del Holocausto Cubano como también se le llama a la concentración de Valeriano Weyler, que no solo dejó alrededor de 300.000 muertos , sino además 50.000 huérfanos que murieron de inanición y hambre tiempo después.

La figura de la estadounidense Clara Barton destaca especialmente por el hecho de que cuando la asesina Reconcentración impuesta por Weyler al pueblo cubano en 1898, recibió la orden de los mandos militares de su país, de no distribuir la ayuda humanitaria que traía, como paliativo al hambre y sufrimiento de las capas humildes de la población, las más afectadas por el despotismo hispánico.  La excusa estadounidense fue que sus esfuerzos contribuirían al mantenimiento del régimen español.Barton

Clara Barton reunía una serie de cualidades que la hacían merecedora de la mayor simpatía por parte de Martí.  Maestra durante la Guerra de Secesión estadounidense, ejerció como enfermera voluntaria en los campos de batalla.  Fundadora y primera presidenta de la Cruz Roja estadounidense, también ejerció su labor humanitaria durante la guerra francoprusiana (1870) y organizó la Cruz Roja en su país, de la cual fue la primera presidenta (1881).

Representó a los Estados Unidos en la Asamblea de Ginebra (1884), en donde defendió su iniciativa de que la Cruz Roja tuviese el derecho de intervenir oficialmente, para prestar auxilio, no solo en tiempos de guerra, sino ante cualquier catástrofe o calamidad. Así lo hizo durante la inundación en Johnstown y Martí la destaca como símbolo de la solidaridad activa en una hermosa y rápida etopeya. En siete líneas condensa su visión física y espiritual de este singular personaje.

Antes de presentárnosla, Martí hace la transición en una frase intencionada: “las mujeres son ahora primero y las más débiles, las privilegiadas”.  Pero mujer primera, mas no débil, en la ayuda a los damnificados es esta Clara Barton, a quien inicialmente describe “en su campamento de la Cruz Roja” a través de su vestimenta: “la cruz al brazo, el gorro de enfermera, y sobre el traje gris el delantal resplandeciente”.  Luego la pinta en acción, con sus médicos y sus ayudantes, “con tiendas claras y su corazón benigno”, descripción de elementos sencillos de distinto orden, que al unirlos nos indican su quehacer. Y después los cuatro sintéticos epítetos seguidos: “viva, elocuente, fea, muy hermosa”.

En estos últimos dos, aparentemente contrapuestos, Martí proclama un concepto ético-estético que aparece repetida varias veces en sus textos.  Y luego la razón de la extrema simpatía, esa que la ligaba al propio proceder martiano: “Está allí para morir, si es menester, cuando con el fuego del sol cunda la peste de los cadáveres insepultos”.  El carácter descriptivo de la etopeya (figura literaria que consiste en la descripción de rasgos psicológicos o morales de una persona) se ratifica en el final del fragmento, con un detalle que sugiere ese especial toque femenino al cual Martí era tan sensible: “Está allí Clara Barton cosiendo, cosiendo cortinas de muselina blanca para la tienda de las mujeres”.

Las relaciones de Clara Barton con Cuba comenzaron hacia 1897, cuando a raíz de la Reconcentración le solicitó al presiente Mc Kinley, al amparo del tratado de Ginebra, llevar medicinas y alimentos a la isla.  Conseguido esto, viajó a Cuba en enero de 1898 y prestó su mayor esfuerzo al organizar la distribución en los centros de reconcentrados. clara barton

Durante su estancia ocurrió la  voladura del acorazado estadounidense Maine en la bahía de La Habana y ella prestó ayuda a los marinos heridos. Cuando, a raíz de esto, los Estados Unidos le declaran la guerra a España, Barton tuvo que regresar a su país por problemas políticos  e intentó después volver de nuevo a  Cuba  en un barco con suministros. Pero según sus propias palabras, “El almirante Sampson me dijo abierta y fielmente, que mi ayuda y mis esfuerzos eran exactamente opuestos a los del gobierno del cual recibía órdenes, pues si mi esfuerzo era llevar alimentos a Cuba, su objetivo, que era el de su gobierno era quitar los alimentos”.

Barton persistió y volvió a ejercer su humanitaria labor en las ciudades cubanas.Se encontraba en Santiago de Cuba durante el desembarco estadounidense y el hundimiento de la flota española.  Por su labor, un busto perpetúa su recuerdo en esa ciudad.  Otro lugar de Cuba, Sagua la Grande, también recuerda con veneración su estancia allí y, según expresa un actual sitio digital de esa ciudad, “tanto llegó a querer el pueblo sagüero a aquella mujer que correteaba por las calles de Sagua con alimentos, medicinas y ropas, que decidieron nombrar una calle con su nombre para que nunca se olvidara a aquella amable benefactora”.  Y así mantiene nueva vida en nuestras tierras esa mujer que Martí describió como  “viva, elocuente, fea, muy hermosa”.

sellofleuron

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4 respuestas a Weiler y Barton

  1. Antonio dijo:

    A pesar de que en el octavo parrafo del texto que usted publica se “pellizca de pasada” la realidad de las guerras mambisas, usted insiste señalar a Weiler como un monstruo. La guerra del 95
    , diseñada y promovida por Marti, se basaba en la estrategia de tierra arrasada y el genocidio de la poblacion civil. La guerra necesaria y la tea incendiaria al final nos despojaron de otras vias para obtener la independencia .

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